The day of Cthulhu capítulo 23

viernes, 23 de abril de 2010

La brisa agitaba el cabello de Adam Smythe mientras ataba una res por la cabeza a un árbol y por los cuartos traseros a otro. El animal, herido y asustado, era retenido por la criatura alada, clavándole sus afiladas patas y garras. El gran peso del animal no parecía ser un problema.

De entre unos arbustos Adam sacó un hacha y un cuenco. Clavó la destral sangrante en el suelo y recogió un cuenco lleno de líquido rojo humeante. Después comenzó la salmodia. Pasó por cada uno de los nueve monolitos e inscribió marcas cuneiformes, sílabas impronunciables para la voz humana, entre las nueve formaban el nombre de "Aquel cuyo nombre no debe ser pronunciado".

Se limpió los restos de sangre en el suelo y sacó un libro de un maletín. Volvió a la página que tantas veces había leído, repitió las palabras latinas, señaló cada una de las nueve moles e intentó pronunciar correctamente la invocación "He-ais-t'ha-uth-mugh-t'ha-iur-uth-ur" "Señor y custodio del Símbolo amarillo, Oscuridad errante de Aldebarán".

La noche estrellada, pasó a ser oscuridad, de repente no se veía nada, Adam quedó cegado y aterrorizado, sin embargo un resplandor comenzó a nacer. Las sílabas teñidas de rojo ahora despedían una luminiscencia fluorescente de un color indefinible que el ojo humano habría calificado de verde enfermizo.

Adam miró a un lado y a otro, observó a la vaca enmudecida, sangrante y cuyos ojos se salían de las órbitas mientras quedaba hipnotizada por el resplandor verdoso. Adam clavó las rodillas en el suelo, desorientado había despertado en medio de una claro en el bosque, en una oscuridad aliena a todo lo racional.

De repente lo comprendió todo, la locura de Margarite, la desaparición de las reses, no recordaba que les pasó a Hammet y al vagabundo, quizás fuera mejor así, pensó; el mundo ordenado se resquebrajaba ante él y su único deseo era salir de ese sueño.

Una docena de rayos se sucedieron. Cerca, muy cerca. Adam se cubría como podía y en cada uno de sus intentos, se veía atrapado, pues sus piernas las comandaba otra parte de su mente, un rincón primigenio y oculto que se había hecho con el control de su vida y que ahora, había llegado al fin de su ardid, como si de un Caballo de Troya se tratase. "Mr.Hide" había matado al "Dr.Jekyl".

Los árboles comenzaron una danza macabra al son del viento, que traía una música aguda.

Por encima de la ventisca se oyeron los gritos del pobre anciano, el terror de más allá de las estrellas llegó rodeado de las criaturas de pesadilla o "By-khee" como las llamaba el ajado libro que tenía frente a él. Aún con el temporal, las hojas no se movían.

Los By-khee volaban en círculos alrededor de la masa informe y tentacular, hacían picados y danzaban.


Adam no podía recordar los pasajes, pero sentía en su interior que todo lo indicado se había cumplido y la esperanza para la vida en La Tierra estaba perdida.

Uno de los Primigenios había retornado al que fuera su reino, una masa negra de una fluorescencia ya familiar; con tentáculos que bailaban y desaparecían, uno de ellos arrancó al pesado animal de entre las ataduras. Tal fue la violencia del ataque, que parte del cráneo, junto con tejido gris y piel, saltaron alrededor de Adam.

Los tentáculos, arrancaron los abetos y abedules centenarios como si de ramitas secas se tratara, giró sobre si mismo y se movió con endiablada rapidez, agitando todo aquello que había a su alrededor.

Por donde pasaba todo quedaba muerto con una forma que recordaba a su estado anterior, pero como si ahora estuviera compuesto por una ceniza gelatinosa, que al poco se acababa desmoronando y deshaciendo por efecto del viento, hasta que un manto gris cubrió la colina de Black-Knob.

Adam sollozó, gimió, gritó y rió.

Una carcajada monumental llegó hasta el pueblo hacía el que se dirigía la muerte alienígena que ahora se arrastraba colina abajo.

Los restos de la cordura de Adam Smythe habían desaparecido.

1 Comentarios:

José Luis de las Muelas dijo...

Otra vez el monstruo transforma lo que un día fue razón volviéndola locura, intentando controlar lo incontrolable sospechando quizás que no somos invencibles. Sólo ignorantes.