El Asedio Silencioso y el Horror en la Oscuridad - Night Below

domingo, 26 de abril de 2026


Los aventureros observaban la entrada de la cueva desde la distancia, ocultos tras unos setos húmedos y retorcidos. Iulia regresó reptando entre las sombras. Cuando el grupo le pidió que contara lo que había oído, respondió con sus gestos habituales.

—No puede ser… ¿de verdad eres muda? —murmuró Velter, incrédulo. Dorian, sin apartar la vista de la cueva, añadió: —Isabela, tú la entiendes, ¿verdad?

La sacerdotisa asintió. Ella sí podía interpretar los movimientos de labios y los sonidos guturales de la mediana. Transmitió al resto lo esencial: los orcos estaban hambrientos, aburridos y frustrados. Hablaban de hembras en las profundidades —quizá prisioneras, quizá algo peor— y de los cuerpos retirados tras el combate anterior. Nada bueno.

Duri, mientras tanto, se adelantó unos pasos. Observó la entrada, miró sus botas nuevas, sopesó el hacha y apretó los puños. Había un orco vigilando fuera; otro, sin duda, aguardaba dentro.

El grupo debatió posibles planes. Entrar de noche era mala idea: los orcos veían mejor que ellos en la oscuridad.

—¿Y si Velter caza un animal? —propuso Dorian—. Algo pequeño. Les lanzamos un trozo, como si un depredador lo hubiera dejado caer. Si salen a por comida, podríamos tenderles una trampa.

—Y con el resto del cuerpo, otra trampa más lejos —añadió Velter—. Uno sale, lo abatimos rápido… y luego vamos a por el otro.

—Podríamos envenenar la carne —sugirió Dorian.

—Mis conocimientos de hierbas no llegan a tanto —respondió el explorador.

Duri bajó la mirada. —De eso sabía Hilda.

El silencio que siguió fue breve, pero pesado.

—Una liebre bastaría —intervino Isabela—. No hace falta una presa grande.

El plan tomó forma. Cuanto más lo discutían, más les convencía: rápido, silencioso y con pocas posibilidades de alertar a la cueva.

Mientras vigilaban, Dorian insistió en que debían observar patrones: cambios de guardia, movimientos, cualquier señal. Isabela, curiosamente, no hizo ningún comentario sarcástico.

Velter no tardó en encontrar rastro de comadrejas gigantes: excrementos, huellas, una madriguera. Esperó a que el macho saliera a cazar y lo abatió de un disparo limpio. Regresó en menos de una hora. El grupo lo recibió con felicitaciones.

Aprovechando unos arbustos que ofrecían cobertura, Velter preparó una trampa de lazo con su cuerda. Colocaron la pata del mustélido como cebo. El orco tardó en salir, pero el olor a sangre pudo más que su disciplina. Miró hacia atrás para asegurarse de que su compañero no lo veía y salió a hurtadillas. El orco del interior, sin embargo, también olió la sangre y exigió su parte. Siguiendo el rastro, llegó hasta la trampa y cayó en ella sin poder gritar. Velter lo remató con su espada mágica, con una furia que sorprendió incluso a él mismo.

El orco de la entrada, ajeno a todo, seguía royendo el hueso del mustélido.

Isabela y Dorian coordinaron el siguiente movimiento. La sacerdotisa lanzó una plegaria de Silencio sobre el guardia; el mago, una Telaraña. El orco, desconcertado por la súbita ausencia de sonido, intentó trepar por la pared para escapar de la masa pegajosa, pero Duri —convertido en un borrón gracias a sus Botas de Velocidad— saltó hacia él y lo atravesó de un hachazo. El enano cayó con él, quedando atrapado en la telaraña.

Cuando Dorian disipó el conjuro, Duri pudo liberarse. El silencio seguía envolviendo el cadáver del orco como una burbuja invisible.

El grupo se reunió frente a la entrada oscura de la mina. Y entonces llegó el momento cómico.

—¿Cómo entramos sin hacer ruido? —preguntó Dorian. Todos miraron al orco muerto, aún irradiando el Silencio. Duri frunció el ceño al ver a Isabela y Dorian cargar el cadáver. —No estaréis hablando en serio…

Lo estaban.

Velter avanzó primero, seguido por Duri —que protestaba sin que nadie pudiera oírlo— e Iulia, que sí entendía cada palabra al leerle los labios. Isabela y Dorian cerraban la marcha, cargando al orco como si fuera un estandarte grotesco de silencio.

La antigua mina estaba llena de restos: hogueras apagadas, herramientas oxidadas, puntales carcomidos y una vía vieja para carretas. La oscuridad era casi total; solo los tres con visión en la penumbra podían avanzar con cierta seguridad.

A los pocos metros, dos orcos sentados se giraron, sorprendidos. Velter reaccionó primero: su espada mágica abrió la frente del más cercano. El Silencio se disipó y el cuerpo cayó con un golpe sordo. El segundo orco chilló una alarma en su lengua gutural y atacó. Velter recibió un golpe amortiguado por su armadura.

Iulia guió a Isabela hacia el combate. Dorian, a oscuras, buscó su linterna de ojo de buey.

Duri cargó contra el orco, que retrocedía lanzando estocadas. Velter se unió al ataque y, aprovechando un hueco bajo la lanza, hundió su espada en el estómago del enemigo.

Decidieron tapar la linterna para no alertar a más enemigos.

Pero ya era tarde: dos orcos más habían oído el combate. Uno retrocedió para vigilar; el otro corrió a avisar al resto del clan de la Calavera Sangrienta.

Velter avanzó en silencio… pero algo lo observaba desde arriba. Una estalactita se movió. No era una estalactita.

El perforador cayó sobre él como una lanza viva, atravesándole el hombro. Velter gritó, se lo arrancó de encima y trató de contener la sangre. La criatura, satisfecha, se arrastró para hacerse pasar por una estalagmita.

Dorian destapó la linterna. El grupo rodeó al explorador para taponar la herida.

Entonces escucharon voces lastimeras acercándose, distorsionadas por el eco.

Isabela sacó agua bendita y elevó una plegaria solemne a Saint Cuthbert, rociando al grupo con una bendición protectora.

Dos figuras tambaleantes emergieron de la oscuridad: muertos vivientes.

La sacerdotisa invocó una espada espiritual flamígera, símbolo de la ira justa de su deidad.

Velter, pese al dolor, cargó contra el primer zombie, pero este le agarró el brazo y hundió sus fauces en su cuello. El segundo intentó rematarlo. Duri intervino, casi decapitando al muerto viviente, que aun así siguió moviéndose.

Dorian disparó su ballesta. El virote pasó por encima de Duri y se clavó en el cráneo del zombie, derribándolo. El enano no sabía si agradecerle o partirle la cara.

Entonces, dos orcos más surgieron de las sombras. Uno cargó contra Velter; el otro contra Dorian, que rodó por el suelo para evitar la lanza. Iulia se interpuso, obligando al orco a retroceder ante su daga.

La batalla en la oscuridad acababa de empezar.





El Puzzle de Jeleneth - Night Below

lunes, 13 de abril de 2026

 

Crónica: El Puzzle de Jeleneth

El Barón del Cordero

La estancia en Milborne fue breve pero necesaria. El grupo se refugió en "El Barón del Cordero", donde la tensión entre la fe y el acero volvió a surgir. Isabela, con su habitual severidad, exigió a Duri una muestra de fe en San Cuthbert antes de canalizar el poder divino para sanar sus heridas. El enano, fiel a sus raíces, replicó que su única fe residía en el panteón de sus ancestros; sin embargo, tras un intercambio de puyas sobre la cabezonería enana y la rectitud humana, la sacerdotisa cedió y cerró sus carnes abiertas.

Mientras tanto, Velter buscó discretamente a Andren. El joven prometido, deseoso de ayudar pero temeroso de la vigilancia de su abuelo Dirkaster —dueño de la posada—, logró filtrar seis raciones de viaje: hogazas de pan de centeno, queso curado y carne ahumada envuelta en paños de lino. Un tesoro que escondieron bajo las capas antes de partir.

El Regreso Táctico

El grupo pactó una ruta de aproximación indirecta a las minas. Recordando al cuervo que los sobrevoló en su primera visita, decidieron dar un rodeo, moviéndose bajo el dosel de los árboles y escrutando el cielo ante cualquier señal de espionaje alado.

Al cruzar un riachuelo de unos seis metros de ancho, la tragedia se hizo presente en una granja cercana. Un grupo de buitres describía círculos sobre una mancha oscura en el suelo. Velter e Iulia, los más sigilosos, cruzaron sobre un lecho de piedras. Durante el trayecto, la mediana intentó deslizar sus dedos en los bolsillos del explorador; la pericia de Velter impidió el robo, aunque el semielfo, concentrado en el peligro exterior, no llegó a percatarse del intento de su "aliada".

El Misterio de la Granja


En el exterior de la cabaña hallaron a una anciana. Su cuerpo presentaba las marcas inconfundibles de una Plegaria de Causar Heridas, un conjuro de gran poder que Dorian identificó como una ejecución mágica deliberada. Los cuerpos llevaban allí unas tres semanas, a juzgar por el estado de descomposición.

El ambiente era opresivo, roto solo por los lamentos de los animales estabulados, hambrientos y cubiertos de suciedad. Velter detectó el rastro de una persona de pie pequeño —posiblemente una mujer— que se dirigió hacia la granjera antes de entrar en la cabaña.

Dorian, solo y con la cautela propia de un mago, registró el interior. Encontró al granjero con un corte quirúrgico, profundo y limpio, que iba desde el pecho hasta los riñones. Isabela confirmó el hallazgo: el arma utilizada fue una hoja corta y extremadamente afilada.


El Puzzle de Jeleneth


Duri, experto en leer el terreno, inspeccionó un carro de paja cercano. Las pisadas pequeñas se mezclaban con otras más pesadas que indicaban un hombre cargando un bulto. El carro procedía del oeste y parecía intentar alcanzar el vado del noreste, un paso donde el carromato inevitablemente habría encallado.

Las piezas encajaron cuando Duri examinó un anillo de plata con la letra "J" grabada en su interior. Lo había recuperado del cadáver del guerrero pelirrojo, Ramor, sin reparar en el detalle hasta ahora. Junto a un jirón de tela azul eléctrico hallado entre los escombros —idéntico a la capa de la aprendiz desaparecida—, el destino de Jeleneth quedó claro: estuvo aquí.

Dorian y Duri concluyeron que Jeleneth pudo presenciar algo prohibido, convirtiéndose en un objetivo prioritario. Todo apuntaba a que Heydrus, un joven con fama de mujeriego que debía transportar leña desde la Nueva Ciénaga, podría haber sido el involuntario (o no) cómplice en el traslado de la aprendiz de maga.


Regreso a las Minas Garlstone

Tras liberar a los animales para que pudieran beber del riachuelo, el grupo regresó a las fatídicas minas. Los cuerpos de la batalla anterior habían desaparecido; alguien se había tomado la molestia de limpiar el campo de batalla.


Velter se adelantó entre los matorrales, cubriendo su avance hasta divisar la entrada. Un guardia orco, de aspecto porcino y armado con escudo y jabalina, custodiaba el umbral. Iulia, trepando con la agilidad de una araña por la pared pedregosa del oeste, logró posicionarse sobre ellos sin ser vista. Gracias a su conocimiento de la lengua orca, captó una conversación inquietante entre los guardias:



El orco del dintel, un bruto de colmillos amarillentos, vigila el exterior con la jabalina apoyada en el hombro. Desde la penumbra del túnel tras él, llega una voz cargada de bilis y un bufido húmedo.

Orco del Interior:(Gruñido ronco y prolongado) ¡Snort!… ¿Cuánto más vamos a estar aquí mirando las piedras, eh? Retiramos los cuerpos de esos malditos humanos después de la pelea, nos arrastramos por el barro para recoger la carroña y ni siquiera… ¡ni siquiera un bocado! — se escucha un golpe seco contra la pared de roca —. ¡Ni una extremidad nos dejaron!

Orco del Dintel:(Mira nerviosamente hacia atrás y sisea) ¡Cierra la boca, escoria! Grrr-ungh… Baja la voz si no quieres que el Jefe te oiga. Si te escucha soltar esas babas, te rajará de la entrepierna a la garganta antes de que puedas decir «hambre».

Orco del Interior:(Lanza un bufido porcino lleno de desprecio) ¡Que lo intente! ¡Hruugh! Me da igual. Me aburro tanto que mis hachas se están oxidando. Quiero sangre caliente, no este aire viciado. — Baja el tono, pero su voz vibra de rabia —. Nuestras hembras en lo profundo de estas cuevas… Criaturas que hay que alimentar con los muertos. ¿Desde cuándo servimos antes a las hembras que a los guerreros?

Orco del Dintel: — Son órdenes de arriba. Los sacerdotes lo quieren así. Mantente en tu puesto.

Orco del Interior:(Escupe al suelo con un chasquido) ¡Los sacerdotes! Oink-grunt… Me dan mala espina. Y el Jefe… cada vez que pasa cerca, el aire apesta a pescado podrido y cieno. No es olor de guerrero, es olor de algo… raro. ¡Yo quiero acción! ¡Quiero machacar huesos de enano, no esconder piezas para esas sombras!

Orco del Dintel: — Solo vigila, imbécil. Algo me dice que la sangre llegará antes de lo que crees… Sniff, sniff… El viento trae olores extraños hoy.


Una Tregua de Sangre y Oro - Night Below

miércoles, 1 de abril de 2026

Palabras de Hierro y Fe

Tras el fragor del acero, el silencio en el secarral resultó casi ofensivo. Dorian, con la túnica aún manchada de sangre ajena, no tardó en exigir explicaciones. Habían arriesgado la vida; el grupo estaba al límite y la huida de Iulia casi le cuesta la piel a Velter. Sin embargo, Isabela se mantuvo tan rígida como su mangual.

—Mis asuntos son competencia de mi Orden —respondió con una frialdad que helaba el aire—. Buscamos a Hergar, un sacerdote desaparecido. El rastro nos trajo aquí.

Duri observaba con sospecha, apoyado en su hacha, mientras Isabela lanzaba puyas sobre la aparente incapacidad del grupo para manejar a unos simples mercenarios. Dorian, agotado de la retórica eclesiástica, sentenció:

—Si no hay explicaciones, no hay alianza. Apáñense solas. Nosotros tenemos que enterrar a una compañera.

Velter, moribundo y pálido, apenas podía mantenerse en pie, mientras Dorian recordaba a la sacerdotisa que Duri, el enano, solía "hablar" mucho mejor con el hacha que con las palabras. Al final, la lógica del sentido común se impuso: ambas partes buscaban a alguien desaparecido. Isabela, viendo que la división solo traería más cadáveres, aceptó unir fuerzas.

El Último Adiós a Hilda

Antes de partir, Isabela aplicó vendajes sobre las heridas de Velter y elevó una plegaria al padre justo, lo cual hizo desaparecer la palidez del rostro del guardabosques. 

Bajo la dirección del explorador, buscaron una triangulación de árboles que transmitiera "buenas vibraciones" — buscando la inspiración de Ehlonna — para dar descanso eterno a Hilda.

Cavaron en silencio. Isabela, fiel a su pragmatismo, se quejó del tiempo invertido en el sepelio, pero respetó el rito. Allí quedó la druida, bajo las raíces, mientras el sol comenzaba a declinar.

Milborne: Sombras en la Posada

A las ocho de la tarde, el grupo alcanzó los muros de Milborne. Los guardias de la villa, Rendennis y su hijo Dagmire. El primero, un veterano delgado de piel oscura y acento extraño, escrutó a los recién llegados con ojos que habían visto demasiado. Su hijo, un gigante de pocas luces pero fuerza evidente, se limitó a flanquear el paso. Interrogaron a Isabela sobre su orden. Ella fue parca en detalles, y Dorian le advirtió en voz baja:

—Mejor no des información. No sabemos quien puede estar pasándole información a los secuestradores.

En el pueblo, el ambiente era pesado. Andren, el prometido de la desaparecida Jeleneth, se acercó con el rostro desencajado por la angustia. Dorian, manteniendo las formas, le presentó a Sor Isabela. Duri, por su parte, cortó por lo sano: exigió cerveza y dejó claro que aceptaría encantado que cualquier lugareño le pagara las rondas.

Gracias a Halderar, molinero y alcalde del lugar; rogó con esperanza en los ojos que le diesen novedades sobre su hija desaparecia. El grupo le indicó que no desistían en su búsqueda, dio las gracias con voz queda y una inclinación de cabeza hacía su vecino Velter. Se ofreció a pagar las habitaciones, para que el grupo pudiese descansar y recuperar la marcha lo antes posible. Finalmente, el grupo pudo dormir bajo un techo tras lo que pareció una eternidad de pesadilla.

Días de Acero y Comercio

Decidieron descansar dos días completos para sanar cuerpo y mente. Garyld intentó sonsacarles información sobre lo ocurrido en las minas, pero el grupo evitó entrar en detalles. A cambio, supieron que las partidas de caza de orcos estaban activas en Bosque Espino. Ya que habían visto algunas partidas dirigiéndose al sur de Bosque Espino, así como Hobgoblins en el norte.

Duri, con las bolsas pesadas, buscó un joyero para cambiar sus monedas, mientras Velter se dirigía a la herrería de Walright. El herrero, impresionado por la determinación del enano, se comprometió a forjarle un hacha de batalla de calidad excepcional, aunque tuviese que renunciar a horas de descanso. Por su parte, Semeren comenzó las reparaciones en la armadura de Isabela.

Hubo un momento de tensión cómica cuando Velter quiso probar su espada contra un tronco. Duri e Isabela le reprendieron al unísono:

—¡Vas a mellar un arma tan buena con un árbol, insensato!

Velter, resignado, decidió probar su acero y su pericia de forma más práctica: se internó en las cercanías y regresó con un castor para la cena. Mientras tanto, Isabela aprovechó para visitar el templo de Pelor y Duri salió a los espacios abiertos para probar sus nuevas Botas de Velocidad. El enano era un borrón sobre la hierba, una visión que habría resultado cómica de no ser tan letal.

Con el equipo reparado y el hacha en proceso, el grupo sabe que el descanso es un lujo que Jeleneth no puede permitirse.