Una Tregua de Sangre y Oro - Night Below

miércoles, 1 de abril de 2026

Palabras de Hierro y Fe

Tras el fragor del acero, el silencio en el secarral resultó casi ofensivo. Dorian, con la túnica aún manchada de sangre ajena, no tardó en exigir explicaciones. Habían arriesgado la vida; el grupo estaba al límite y la huida de Iulia casi le cuesta la piel a Velter. Sin embargo, Isabela se mantuvo tan rígida como su mangual.

—Mis asuntos son competencia de mi Orden —respondió con una frialdad que helaba el aire—. Buscamos a Hergar, un sacerdote desaparecido. El rastro nos trajo aquí.

Duri observaba con sospecha, apoyado en su hacha, mientras Isabela lanzaba puyas sobre la aparente incapacidad del grupo para manejar a unos simples mercenarios. Dorian, agotado de la retórica eclesiástica, sentenció:

—Si no hay explicaciones, no hay alianza. Apáñense solas. Nosotros tenemos que enterrar a una compañera.

Velter, moribundo y pálido, apenas podía mantenerse en pie, mientras Dorian recordaba a la sacerdotisa que Duri, el enano, solía "hablar" mucho mejor con el hacha que con las palabras. Al final, la lógica del sentido común se impuso: ambas partes buscaban a alguien desaparecido. Isabela, viendo que la división solo traería más cadáveres, aceptó unir fuerzas.

El Último Adiós a Hilda

Antes de partir, Isabela aplicó vendajes sobre las heridas de Velter y elevó una plegaria al padre justo, lo cual hizo desaparecer la palidez del rostro del guardabosques. 

Bajo la dirección del explorador, buscaron una triangulación de árboles que transmitiera "buenas vibraciones" — buscando la inspiración de Ehlonna — para dar descanso eterno a Hilda.

Cavaron en silencio. Isabela, fiel a su pragmatismo, se quejó del tiempo invertido en el sepelio, pero respetó el rito. Allí quedó la druida, bajo las raíces, mientras el sol comenzaba a declinar.

Milborne: Sombras en la Posada

A las ocho de la tarde, el grupo alcanzó los muros de Milborne. Los guardias de la villa, Rendennis y su hijo Dagmire. El primero, un veterano delgado de piel oscura y acento extraño, escrutó a los recién llegados con ojos que habían visto demasiado. Su hijo, un gigante de pocas luces pero fuerza evidente, se limitó a flanquear el paso. Interrogaron a Isabela sobre su orden. Ella fue parca en detalles, y Dorian le advirtió en voz baja:

—Mejor no des información. No sabemos quien puede estar pasándole información a los secuestradores.

En el pueblo, el ambiente era pesado. Andren, el prometido de la desaparecida Jeleneth, se acercó con el rostro desencajado por la angustia. Dorian, manteniendo las formas, le presentó a Sor Isabela. Duri, por su parte, cortó por lo sano: exigió cerveza y dejó claro que aceptaría encantado que cualquier lugareño le pagara las rondas.

Gracias a Halderar, molinero y alcalde del lugar; rogó con esperanza en los ojos que le diesen novedades sobre su hija desaparecia. El grupo le indicó que no desistían en su búsqueda, dio las gracias con voz queda y una inclinación de cabeza hacía su vecino Velter. Se ofreció a pagar las habitaciones, para que el grupo pudiese descansar y recuperar la marcha lo antes posible. Finalmente, el grupo pudo dormir bajo un techo tras lo que pareció una eternidad de pesadilla.

Días de Acero y Comercio

Decidieron descansar dos días completos para sanar cuerpo y mente. Garyld intentó sonsacarles información sobre lo ocurrido en las minas, pero el grupo evitó entrar en detalles. A cambio, supieron que las partidas de caza de orcos estaban activas en Bosque Espino. Ya que habían visto algunas partidas dirigiéndose al sur de Bosque Espino, así como Hobgoblins en el norte.

Duri, con las bolsas pesadas, buscó un joyero para cambiar sus monedas, mientras Velter se dirigía a la herrería de Walright. El herrero, impresionado por la determinación del enano, se comprometió a forjarle un hacha de batalla de calidad excepcional, aunque tuviese que renunciar a horas de descanso. Por su parte, Semeren comenzó las reparaciones en la armadura de Isabela.

Hubo un momento de tensión cómica cuando Velter quiso probar su espada contra un tronco. Duri e Isabela le reprendieron al unísono:

—¡Vas a mellar un arma tan buena con un árbol, insensato!

Velter, resignado, decidió probar su acero y su pericia de forma más práctica: se internó en las cercanías y regresó con un castor para la cena. Mientras tanto, Isabela aprovechó para visitar el templo de Pelor y Duri salió a los espacios abiertos para probar sus nuevas Botas de Velocidad. El enano era un borrón sobre la hierba, una visión que habría resultado cómica de no ser tan letal.

Con el equipo reparado y el hacha en proceso, el grupo sabe que el descanso es un lujo que Jeleneth no puede permitirse.





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