Peones de dioses - Night Below

lunes, 30 de marzo de 2026

Prólogo: Un Juego de Espejos

A vista de pájaro, desde una realidad suspendida entre planos, dos figuras observaban el tablero de las Minas Garlstone. Una dama élfica, de una blancura irreal, se retiró la capucha de tela fina adornada con filigranas doradas. A su lado, una figura de piel oscura, rasgos afilados y ropajes morados como el vino rancio, sonrió con desprecio.

— ¿Así que estos son tus campeones? —siseó la figura oscura—. Patéticos. Están a punto de morir como ratas en el polvo.

— No los elegí yo —respondió la dama élfica con serenidad—, pero no puedo negar sus actos de valentía. Si alguien puede enfrentar la amenaza que acecha, debe ser un corazón valiente.

— Por favor, eres patética... has elegido a los campeones que te mereces. Será tan fácil matarte, hermana...

— Subestimas el poder del honor —sentenció la dama—. Ese ha sido siempre tu problema.


Escena 1: El Este. La Ley llega al Secarral

Al este de la posición principal del grupo, recortada contra el sol, apareció una figura vestida en blanco y negro. Portaba el símbolo de las Guardianas de San Cuthbert, una deidad de disciplina férrea y moral inquebrantable. Isabela vestía un hábito de tejido áspero y funcional, marcado por los estragos del camino. Venía de despachar a un par de hobgoblins que habían osado asaltarla mientras custodiaba a la mediana Iulia. Isabela buscaba a un sacerdote de su orden desaparecido al noreste, y el rastro la había conducido directamente al caos de las minas.

Iulia huyó hacia el grupo, e Isabela, tras abrir los cráneos de los infieles con su mangual bendito, siguió su rastro. No había piedad en su corazón para los impíos. Al llegar, vio a Velter y Duri rodeados, vendiendo cara su piel.

Sin mediar palabra, Isabela encajó un virote y disparó. El tiro salió desviado por el viento, rozando a uno de los perseguidores de Velter.

— ¡Emboscada! —gritó el mercenario—. ¡Tienen refuerzos!

Iulia, al ver a Isabela, corrió hacia ella buscando refugio en la severa sacerdotisa. Pero un mercenario le cortó el paso:

— Ya te tengo, perra. Te voy a ensartar como a un espeto.

Isabela, horrorizada por la zafiedad del hombre, elevó una plegaria a su Recto Señor. En un estallido de luz, un Martillo Espiritual apareció en el aire, convertido en el azote de los desviados. El mercenario que acosaba a Iulia intentaba esquivar el martillo sagrado, lanzándose contra la sacerdotisa entre insultos. Isabela dejó caer la bola de su mangual directamente contra sus costillas. El impacto le robó el aliento.

— La vara recta de San Cuthbert te enseñará modales, pérfido criminal —le espetó ella, como quien regaña a un niño malcriado.

Pero el mercenario, en un último acto de maldad, logró alcanzar a Iulia, atravesándole el estómago. La mediana cayó al suelo, doblada de dolor sobre la tierra seca. Su verdugo no celebró mucho; el martillo espiritual y el mangual de Isabela cayeron sobre su cabeza con el peso del juicio final.

Escena 2: El Noroeste. Velter y el Virote de la Distracción

Mientras tanto, en el noroeste, Velter se encontraba acorralado por dos asaltantes. Estaba al límite de sus fuerzas cuando el virote desviado de Isabela pasó zumbando cerca de uno de sus enemigos. Aunque el proyectil no le causó daño, la sorpresa lo hizo dudar por un instante crucial.

— ¡Son los mismos, idiota! ¡Acabad con ellos! —rugió el líder Ramor desde el suroeste.

Velter no desperdició la oportunidad. Aprovechando el momento de confusión de su segundo oponente, se lanzó con sus dos espadas, hundiendo el acero bajo su axila y derribándolo de una patada. El ranger había equilibrado la balanza en su flanco.

Escena 3: El Suroeste. El Duelo contra Ramor

En el suroeste, la situación era desesperada. Duri y Dorian se enfrentaban a Ramor, el líder pelirrojo. Ramor llevaba unas botas de velocidad que lo convertían en un borrón letal, esquivando los tajos de Duri y las fintas de Dorian con facilidad sobrenatural.

Duri intentaba desesperadamente alcanzar a Ramor, pero el pelirrojo era un espectro. Por cada ataque del enano, Ramor respondía con cortes precisos en las manos, el cuello y las piernas. Solo la armadura y la mítica tenacidad enana mantenían a Duri en pie, aunque el rastro de sangre que dejaba tras de sí empezaba a ser alarmante.

Ramor se burlaba de ellos mientras combatía:

— Serás una buena pieza de caza, mago —dijo señalando a Dorian—. Te llevaremos a las profundidades. Y tú, enano, serás un gran esclavo. Seguro que eres mejor con el pico que con el hacha.

Su arrogancia fue su ruina. En un exceso de confianza, ignoró a Dorian para centrarse en Duri. Fue su último error. El mago, en un movimiento desesperado, le hundió su daga en el pecho hasta la empuñadura. Ramor retrocedía, con el puñal todavía incrustado, buscando frenéticamente algo en su zurrón.

Duri no le dio oportunidad. Justo cuando el pelirrojo sacaba un frasco, el hacha del enano le cercenó la rodilla de un tajo limpio.

— Soy bueno con el pico... —gruñó Duri mientras el líder chillaba de agonía—. ¡Pero soy mejor con el hacha!

El segundo golpe silenció las chanzas de Ramor para siempre.

Escena 4: Epílogo de Sangre y Magia

Con sus líderes muertos, el pánico cundió entre los supervivientes enemigos, que huyeron despavoridos. Isabela, viendo que el peligro inmediato había pasado, volvió junto a Iulia. Arrodillando su rígida figura, alzó su símbolo sagrado.

La Plegaria de Isabela:

"San Cuthbert, portador de la maza que no conoce la duda. Tu servidora informa de una ineficiencia: la especialista Iulia ha caído por ignorar las ordenanzas de autodefensa. Puesto que su presencia es necesaria para que el Orden prevalezca, te solicito este milagro de restauración. No para su complacencia, sino para que cumpla su castigo por dejarse herir. ¡Por la Sabiduría, hágase el Orden!"

Los compañeros contemplaron la escena en desconcierto. Duri, siempre pragmático, registró el cadáver de Ramor mientras vigilaba la mina.

— Hay que moverse, Dorian. De esa cueva no para de salir gente. Me juego un mes de cerveza a que este tipo lleva magia encima.

Dorian, agotado, sacrificó un valioso pergamino de Detectar Magia. Bajo el efecto del conjuro, las posesiones de Ramor brillaron con un aura azulada: su armadura de bandas, un cuchillo, su espada y sus botas de velocidad.

Velter, haciendo acopio de unas fuerzas que no sabía que poseía, tomó de nuevo el cuerpo de Hilda en sus brazos. Miró al cielo, buscando una respuesta que el secarral no le daba.

Lejos, en otro plano, la figura oscura se desvaneció con un siseo de rabia. La dama élfica sonrió desde las alturas.

— Mientras haya corazones nobles, habrá algo en lo que creer. Adelante, mortales. Esto es solo el principio.



1 Comentarios:

Juku dijo...

Los mercenarios gaditanos son peligrosos.