El Precio de la Sangre en el Secarral

lunes, 23 de marzo de 2026


El grupo observaba el cuerpo caído de su compañera. La impotencia les recordaba, con una frialdad lacerante, lo mortal que resultaba la empresa en la que se habían embarcado.

Velter se inclinó sobre Hilda. Sentía que le había fallado. Alguien ajeno podría pensar que su abatimiento nacía del miedo a perder su estatus como guardabosques, pero era el puro peso de la responsabilidad. Bajo su hosco exterior, Velter albergaba un corazón noble. A su lado, Dorian intentaba limpiarse la sangre, iluminado apenas por su fiel linterna, el único y débil punto de luz en la opresiva boca de la mina.

Duri, el guerrero enano, se obligó a reaccionar. Inspeccionó los cadáveres de sus asaltantes, hallando algunas piezas de oro, plata y un anillo de factura sencilla. El silencio de la piedra era absoluto, pero el enano no podía sacudirse la sensación de ser observado. Al fin y al cabo, dos enemigos habían escapado.

—Hay que moverse —espetó con brusquedad. Sus compañeros asintieron en silencio; sabían que tenía razón. Velter insistió en cargar él mismo con el cuerpo de la druida, rechazando la ayuda de Dorian, mientras Duri se adelantaba para asegurar la salida.

Encuentro en el Gran Páramo

Emergieron a un secarral castigado por el sol. Todavía aturdidos, no advirtieron hasta que fue tarde a un grupo de figuras que se aproximaba desde el este. No se ocultaron, continuando su marcha hacia el sur por puro agotamiento.

A la cabeza del grupo corría una figura menuda: una niña pelirroja con armadura de cuero... o quizás una mediana. La perseguía un guerrero humano de cabellos rubios y peto ajado por la mugre, seguido por cuatro robustos hobgoblins. La pequeña se lanzó hacia el grupo implorando auxilio, pero uno de los engendros la alcanzó, derribándola. Con una agilidad asombrosa, ella logró escurrirse bajo el corpachón de la criatura justo antes de ser aplastada.

—¡Acabad con ellos! —ladró el humano en la lengua oscura de los trasgos. El grupo no necesitó traducción; una lluvia de lanzas los obligó a dispersarse para evitar ser empalados.

Los hobgoblins, pese a su fuerza, carecían de la veteranía de los aventureros. Para el grupo, el combate fue un desquite necesario tras lo sufrido en las minas. Sin embargo, el líder rubio resultó ser un hueso duro de roer. Desprendía un hedor a pescado podrido y parecía inmune al dolor; un aura mística desviaba los hachazos de Duri y las estocadas de Velter. La mediana logró apuñalarle un costado, pero el guerrero reaccionó con la velocidad del rayo, tajándole la espalda y obligándola a retirarse entre lamentos.

La sombra de la mina se alarga

Dorian, vigilante con la ballesta cargada, vio cómo la mediana intentaba alejarse del grupo tras el combate. Le ordenó que se quedara quieta, pero ante su desobediencia y con la paciencia agotada por el trauma reciente, el mago disparó. El virote solo encontró la madera de un viejo tocón donde la criatura buscó refugio. Finalmente, el hacha de Duri dio buena cuenta del guerrero rubio, rematándolo con saña en el suelo. Al registrarlo, descubrieron una deidad extraña bordada en su tabardo, un presagio de males desconocidos.

La paz duró poco.

—¡Salen de la mina! —gritó Dorian. Disparó su ballesta contra las sombras que emergían en tropel. El pánico cundió y el grupo emprendió la huida hacia el sur. Velter, lastrado por el cadáver de Hilda, se vio rezagado. Iulia, la mediana herida, intentaba seguirle el paso pegándose a él.

Al verse casi alcanzado, Velter tomó una decisión desgarradora: depositó el cuerpo de Hilda en el suelo, desenvainó sus dos espadas y se preparó para vender cara su vida. Iulia se puso a la defensiva, pero un mercenario de rostro desencajado casi la parte en dos con un mandoble. El tajo le abrió el cuero cabelludo, dejándola aturdida y bañada en sangre.

Dorian y Duri se detuvieron en seco. Se miraron a los ojos sabiendo que, si huían, sus compañeros estaban condenados. Decidieron plantar cara. Aquel acto de valentía desesperada llamó la atención de algo mucho más grande que ellos.

Un guerrero pelirrojo, que avanzaba con paso pausado pero implacable, se plantó ante ellos como una centella. Dorian disparó, pero el proyectil se perdió en la maleza. La espada del desconocido descendió sobre Duri, atravesando su armadura como si fuera mantequilla. El enano apretó los dientes y respondió con una ráfaga de hachazos que obligaron al extraño a emplearse a fondo para no terminar partido por la mitad.

Mientras Iulia se escabullía entre las rocas, Velter se vio rodeado. Su armadura estaba hecha jirones y la sangre manaba de múltiples heridas. Cuando el explorador semielfo sentía que sus fuerzas se agotaban, algo lo levantó del suelo, permitiéndole retroceder hasta la posición de sus amigos... La situación no podía ser más desesperada.



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