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Montañas salvajes 4 - Karina y Gabin

sábado, 15 de junio de 2013


Cuando el Sergeant dejó la posada, Gabin cayó sobre la mesa. Hundido, vencido. Karina, con su pelo suelto y rojo como el fuego, se dirigió a él como un relampago.
-¿Qué pasa mi amor? ¿Qué te ha dicho?- le preguntó ella poniéndose a su lado en cuclillas.
Gabin se mesó el corto y canoso pelo que le quedaba.
Suspiró, como si con eso dijese mucho. Estaba a punto de llorar, pero no iba a suceder.

Karina tenía el corazón en un puño de verlo sufrir. Sabía que era un hombre fuerte, que había pasado más que nadie en su vida. Durante muchas noches, después de hacerle el amor apasionadamente, y siete de ellas, después de engendrar a sus hijos; él se había sincerado, poco a poco. Como una cebolla fue perdiendo sus capas para mostrarle su corazón, y cuando eso sucedía, lloraban. Frente a ella si que podía, en su intimidad, junto a la mujer que lo arriesgó todo por amarle.
-Quieren que vuelva, Karina. - Ella no entendía que quería decir. Gabin continuó, todavía mirando la silla donde se había sentado el suboficial - Dejé esa parte de mí atrás, hace mucho tiempo, no quiero volver- y entonces se giró - No quiero dejar esta vida.
 Ninguno de los dos sabía si se refería, a seguir viviendo o a abandonar la tranquilidad que había encontrado hacía más de una década.
Karina tomó una silla y antes de sentarse giró con fuerza la de su marido, para le mirase de frente a frente. Era como si Gabin hubiese encogido.
- Cuéntame que te ha dicho Omer, palabra por palabra.
Y obedeció tan bien como pudo.
Habían encontrado unos paisanos suyos, de la otra parte del mar y del mundo, habían venido del este y no se sabía a que. Lo único que podían decir es que estaban evaluando sus fuerzas, haciendo preguntas, averiguando todo lo necesario antes de realizar un asalto. Quien les había enviado y con que intenciones no consiguieron sacárselo. Y aunque los hombres de los caballos no eran castellanos, sabían torturar, lo único que hacía falta eran pocos escrúpulos y experiencia.
Uno de ellos tenía un documento encriptado, el más joven, el menos curtido. Le sacaron lo suficiente para poder descifrarlo.

"Enviad la información a Don Fernando Onrubia, al que encontraréis en Zamora. Marquesado. O bien a Don Alberto Saavedra, barrio de los segadores.
1- Localización.
2- Entradas y salidas para 3
3- tiempos"

Las dos personas a las que nombraban habían sido pupilos suyos en sus tiempos como mercenario. Alumnos aventajados que aprendieron a ganarse mejor la vida que yendo de una guerra a otra. Sobre todo Fernando, sabía moverse entre nobles, siempre había apuntado maneras. Alberto le sorprendía que siguiese vivo.
- Y donde entras tú ¿A qué tanto drama? - Karina se arrepintió de haber dicho eso - ¿Es que quieren hacerles algo malo a esos dos? No pueden montar una guerra por esto ¡Sería absurdo!
-No están tranquilos. Damos por supuesto la paz, pero los gobernantes tienen que estar atentos a los peligros.
-¿Y como sabían lo de esos Fernando y Alberto?
-¡Cómo voy a saberlo! Me habrán investigado, o lo habré contado yo con los que creía mis amigos, vete a saber.
-A mi no me hables así- puntualizó señalando con un dedo- y no levantes la voz, a estas horas ya debe de estar todo el pueblo enterado de que algo pasa, no les demos más munición para los chismorreos.
Gabin intentó componerse.
-Sigues sin decirme como entras tú en todo esto.
Así, terminó contándole la amenaza de Omer, la necesidad de ir a Castilla para investigar e interrogar a sus amigos. En una palabra, espiar, en un país que se distinguía por tratar a los espías peor que a los adoradores de los antiguos dioses. Si lo atrapaban ya podía clavarse una daga en el corazón y evitarse el sufrimiento.
- Voy a hablar con mi familia de esto. No se puede consentir una amenaza a un ciudadano libre.
- Soy un extranjero, por mucho tiempo que lleve aquí, sigo siendo diferente - A Karina se le puso tan roja la cara como el pelo.
- ¡Pues si tú no lo eres, yo sí y mis hijos también! Me criaron con las Damas de hierro, mi padre se dejó la piel en las llanuras y su padre antes que él.
   Con paso decidido se marchó y no volvió hasta bien entrada la noche, acompañada de su padre y madre que fueron a ver como dormian las criaturas y luego se sentaron a cenar algo rápido.
- Ya me parecía a mi que eras un fanfarrón - ¡Mamá! - Ni mamá ni gaitas. Tantas batallitas e historias y ahora te asustas por hacer unas preguntitas de nada ¡Será como un paseo por las ciudades castellanas!
- Pero que sabrás tú sobre Castilla.
- ¡Y qué más da lo que sepa! Vives aquí y nunca has hecho nada por el Skab. Todos le hemos servido a él y al baluarte, hemos vigilado las fronteras y mientras tanto nuestras mujeres afilaban sus lanzas, cuidaban de los niños y traían el pan a casa. Tú no has pasado nada de eso, ahora es tu momento de demostrar que eres uno de los nuestros - Karina se cruzó de brazos y apretó los labios ¿Tan difícil era dejarlos en paz?
- Gabin, te queremos, en cuanto nuestra hija te trajo a casa y nos pediste su mano, te quisimos. Se te ve un hombre capaz de defender a mis nietos y respetar a mi hija. Lo mismo que quisieron mis padres para mí. Siempre hemos confiado en que si llegaba el momento te dejarías la vida por protegerlos - mirando a la buhardilla, donde descansaban los pequeños- y ahora es ese momento, Gabin. Si se acerca una guerra y tú puedes darnos la ventaja ¿No nos ayudarías? ¿No querrías evitar que tus hijos vean lo que tu has visto? ¿No quieres que se sientan orgullosos de su padre y puedan decirles a sus amigos que por sus venas corre sangre de héroe?.
-¡Ya basta! -dijo Karina dejando la silla caer- No lo soporto más, habéis venido a traer la desgracia a esta casa. Queréis que se marche y que lo pierda. No lo permitiré - intentaron calmarla, pero no les fue posible.
Karina intentó echarlos, pero Gabin se opuso - Es muy tarde para que se vayan, ve a prepararles la habitación grande.
-¡Ja! ¿Yo? Ni muerta, prepárasela tú que no has hecho nada por que se pongan de nuestro lado.
Karina desapareció en la noche.

Cuando Gabin acabó de preparar la habitación, bajó al salóm. Ahí estaba Jurgen, su suegro, tomándose una cerveza.
-¿Preparándote para coger el sueño?
-No, preparandome para lo que te tengo que decir
-Por favor, no. Ya he tenido bastante.
-Tranquilo, nuestras mujeres ya tienen caracter por nosotros dos. Cógete una jarra y vamos a dar una vuelta.
 Jurgen salió fuera y esperó. Gabin salió con un pichel de vino y el fanal para verse en la noche. Anduvieron un rato hasta encontrar la higuera desde donde se veian los campos, ahora oscuros como el demonio. Jurgen apuró el trago y dejo la jarra entre sus pies.

Cuando yo tenía 14 años me alistaron en los jinetes pardos, no es que me gustase la idea, por mucho que fuese un chaval y nos llenaran la cabeza de conceptos como honor, valentía y esas cosas.
Yo quería estar con mi novia, que no es la bruja que conoces ahora, entonces era dulce y jóven - Dijo riendo- Yo era muy feliz. Y apunto estuve de mandarlo todo a la porra y largarme con ella. Pero cumplí con mi obligación, no por gusto, si no por que sabía que la paz que estabamos viviendo se debía en gran parte a que nuestros enemigos nos temian. Yo quería estar con los mios, pero también quería defenderlos. Así que cogí mi petate y me fui.
 Fueron años duros, lejos de mi familia y de mi mujer, a la que sólo veía por unos días. Cada noche la amaba como si fuera la última y me llevaba ese recuerdo conmigo.
 En un par de ocasiones casi no lo cuento, pero pensé que mejor sufrirlo yo que Marian o mis padres - Jurgen buscó a tientas la jarra, queriendo terminar el poso, Gabin le pasó el pichel. Después de pegar un trago, su suegro puso cara de insatisfacción ya que esperaba el sabor de la cerveza y encontró vino en su lugar.

Gabin suspiró - Cuando yo tenía doce o trece años me metí a mochilero en una compañia mercenaria. No pasaron ni dos meses hasta que me tocó cortar la primera garganta. Desde entonces no había parado de matar, siempre por dinero - Sacudió la cabeza como alejando esos pensamientos - dejé todo eso atrás el día en que conocí a tu hija. No sabes cuanto me cambió.

-Si que lo sé. Se quien entró a hurtadillas en la habitación de mi hija, hace ya doce años o así. Y se quien tengo delante. Oye, lo entiendo. Te juro que lo entiendo, pero que quieres que te diga, es el rol que nos ha tocado como hombres. Las tareas de ellas - dijo señalando con el pulgar hacía atrás- no son de buen gusto, pero las aceptan. He oído a mi hija chillar de dolor por cada parto que ha tenido. He temido por ella, cuando nació Edgar, pensé que la perdiamos, pero aguantó como una campeona. Esta es una tierra desagradecida y seca. Los débiles no duran mucho.

Gabin miraba al suelo - No, no lo sabes. Tu te marchaste a proteger a los tuyos. Yo era un asesino, un violador, un ladrón - Jurgen no se sorpendió mucho- Nadie me había querido nunca, nadie me había dado tanto. No sólo tengo miedo de no volver, lo que tengo miedo es de volver a despertar al lobo ¿Sabes a que me refiero?
 Jurgen asintió condescendiente - En eso me temo que no puedo ayudarte mucho- dijo mientras se levantaba - Preocupate de los problemas que tienes ahora, y cuando estés ahí fuera saca a la bestia. Ya nos ocuparemos de matarla después.

 Tomaron el camino de vuelta, cansados y taciturnos. Jurgen se invitó a quedarse con su mujer en la posada hasta su regreso y ayudar en lo que hiciese falta - Y no te preocupes por ese Omer, si se pone tonto, todavía tengo un brazo fuerte y una espada afilada para partirlo en dos si hace falta - dijo medio en broma.

 Él se estaba comportando como un cobarde, lo sabía. Él, que había comandado ejércitos, que había apaciguado rebeliones a base de cuchillo. Él, que había mantenido a ralla a convictos recién liberados, con el único objetivo de dejarse la vida sirviendo en alguna estúpida misión para el noble de turno. Los años lo habían ablandado, lo habían convertido en el típico viejo del que se reían en las tabernas. Era otra vida. Pero podía hacerlo una vez más, sólo una vez más y la deuda estaría saldada. "El pasado siempre vuelve" se decía en oriente.
 A la vuelta, en la quietud de la noche y cuando ya sólo les faltaba medio camino, sólo se oia un ligero tintineo metálico. Apretó el paso, dejando atrás a su suegro y empezó a arrepentirse de haberse marchado. Los hombres de Omer podían haber aprovechado y tomar a su familia como rehén para forzarle a actuar. Corrió en mitad de la noche, con los pulmones y las piernas quemándole como antorchas. El fanal se le escurrió entre las manos, no importaba, las estrellas le iluminarían o se partiría la crisma. Y entonces llegó.
 En las casas de alrededor una luz titilaba tímida mientras los insomnes observaban La Posada del Este. Fuera, una figura metálica lanzaba estocadas en soledad.
 Guardia en primera, cubriendo el lado izquierdo superior. Guardia en tercera, desviando bajo y a la diestra, sujetando la lanza con ambas manos. Firme, decidida. A fondo, una vez, dos y tres veces. Perforando casco, peto y faldón de un enemigo invisible.
 Medio giro, restallando la lanza contra la sien de otro enemigo.
 Karina practicaba sola, en medio de la oscuridad, unicamente rota por una antorcha clavada en el suelo, junto a una pequeña piedra de amolar. Vestía peto y faldón de escamas de bronce, bacinete cerrado con una cresta de puntas afiladas, simulando la crin de un equino.
 Se había recogido el pelo en una trenza que le cubría la espalda. Cuando Gabin llegó, ella tiró el casco al suelo, con una mano asió la lanza y con otra la trenza y de un corte la dejó caer.
 Era la mujer con el pelo más largo de la zona, su marido jamás había tenido que marchar. Cuando una mujer se quedaba sóla, se cortaba el pelo, para que no fuese un impedimento a la hora de defender su hogar.
 Gabin atónito no supo reaccionar. Al momento llegó Jurgen resollando. Poco a poco, los aldeanos fueron saliendo de sus casas. Un grupo de mujeres los fue rodeando, todas armadas, desde la más joven en edad casadera, hasta la más anciana. Llevaban lanzas o arcos, según la tradición, las armas que toda mujer debía dominar.
 Un salmo tomó la noche:
    Sobre la tierra parda
    bajo la luz del día
    siempre a la vanguardia
    está el caballo y su barda.
    Un hombre lo monta
    con armadura brigantina.
    Su escudo le da la vida
    y su espada la quita.
    Que tus ancestros te guíen
    en la oscura noche
    y en el día.
 
    Parten de casa
    escudo y espada.
    Llegan a ella
    arco y lanza.
  
    Mientras tu guardas
    nuestras vidas
    nosotros guardaremos
    a tu familia.
  
    Que tus ancestros te guíen
    en la oscura noche
    y en el día.
   
    Eres la última frontera
    entre la muerte y la vida
    guardanos caballero
    hasta que termine el día.


El Puente de los Suspiros - Por Pau Moreno

viernes, 7 de junio de 2013

     Alzo la vista y ante mí se extiende el Puente de los Suspiros, aquel que conduce a los reos a su ejecución, aquel en el que se depositan los últimos suspiros y esperanzas de muchos hombres, el último paso de mi vida, la niebla lo rodea todo como un manto de blanco pesar. Observo mis manos y pies encadenados y un guardia de la Santa Inquisición me empuja para que siga avanzando, obedezco manteniendo la cabeza alta y sin ofrecer a este puente otro suspiro, aceptando mi muerte con valor.
   La chusma grita y me insulta, están apiñados alrededor de una tarima en la que me espera mi verdugo y su hacha, el cual me mira con el mismo desprecio que toda la gente. No me importa en absoluto que la ley me condene, ni que el gentío me abuchee, nada de eso me importa porque ella se encuentra también en la plaza y sus ojos, aunque llenos de lágrimas, me dicen que me ama, que no me reprocha nada y que no merezco este castigo porque soy un buen hombre. Le devuelvo una mirada llena de amor, en la que intento expresarle que siempre la querré y que lamento mucho abandonarla tan pronto. Ella capta mi mirada perfectamente y rompe en sollozos, apoyando su cabeza en el hombro de una mujer que permanece a su lado e intenta consolarla, nunca antes la había visto y oculta su rostro tras un antifaz de carnaval blanco y dorado.
   Sigo mi trayecto, todos me insultan y me llaman asesino, algunos incluso me escupen. Tal vez su opinión cambiase si supiesen toda la verdad, si supiesen el motivo por el que asesiné a ese cardenal tan importante. Sé de sobras que no soy un santo, ni tan siquiera un creyente, pero conozco muy bien la diferencia entre persona y monstruo, no me importa cuanto poder o dinero posea un hombre, jamás tiene derecho, por muy alto que sea su estatus en la sociedad o en la iglesia a hacer lo que hizo a esas niñas… lo que hizo a mi hija, era un monstruo y debía pagar. Le asesiné, pero antes le torturé y no me arrepiento, de hecho lamento que muriese tan pronto ya que no pude alargar su martirio. Reconozco que tengo suerte, la Inquisición se moría de ganas por ejecutar al culpable, así que no he tenido que padecer incontables horas de sufrimiento en sus cámaras de tortura y me darán una muerte rápida y pública para que cunda el ejemplo.
   Termino mi último paseo y me arrodillan ante el tocón de madera, observo a mi amada por última vez, ella graba mi rostro en su mente y aparta la mirada para no ver lo siguiente que acontecerá. La niebla se espesa cada vez más y dejo de ver al público, sólo puedo escucharles mientras el verdugo ata mis manos al suelo de la tarima y asegura mi cabeza en la madera. Oigo su hacha alzarse y al mismo tiempo una silueta oscura empieza a dibujarse en la niebla, no llego a distinguirla antes de que el filo baje a toda velocidad…
   Siento mi cuerpo ligero y libre de las cadenas, he sido capaz de oír el hacha golpear el tocón y lo que me pareció un grito desgarrado de mi mujer, pero ya no escucho nada, estoy arrodillado y veo mi cuerpo, translúcido, borroso, como si formase parte de la niebla que lo envuelve todo. Unos pasos me sacan de mi estupor, la silueta que no logré definir antes se presenta ante mí, es la mujer que ofrecía consuelo a mi viuda. Sus ojos se ven tristes a través del antifaz pero una sonrisa tranquilizadora está dibujada en su boca. Se acerca y toma mi rostro entre sus manos, son cálidas y suaves, al igual que sus labios que depositan un beso en mi frente. Susurra en mi oído que mi hija me está esperando y eso me confirma sin ninguna duda, que he muerto, me ayuda a levantarme, coge mi mano y me guía entre la niebla.
  No creo en el cielo ni en el infierno, pero vaya donde vaya estaré con mi hija y allí esperaré a mi esposa hasta que el destino decida reunirnos, te amo y siempre será así amor mío.

Montañas salvajes 2. Die Mannen i Parden

sábado, 4 de mayo de 2013

Cerca del río Cigüela, Hontanaya.

El cielo era un manto blanco, la partida de seis caballos con sus respectivos jinetes, se hallaban en el camino del olivar. Bajo la colina, todavía a 3 horas al paso, estaba Ontunuya, un poblado de medio millar de almas, al este del río Shego.

Las armaduras tintineaban y se mezclaban con el canto de los jilgueros. Al entrar en el poblado desmontaron, como era costumbre, y saludaron a dos ancianos que discutían sentados bajo una encina.

El capitán entro en la taverna con el bacinete en el brazo izquierdo
"Vengo a detener a un amanerado llamado Gabin"
Un hombre de piel oscura y pelo canoso sonrió al ver al sargento. Éste era alto, pelirrojo, de hombros anchos y facciones marcadas. Al contrario que el resto de jinetes, él llevaba el pelo cortado a cepillo, en vez de lucir largas trenzas.

"Pareces una mujerzuela con ese pelo tan corto ¿Se te cayó al estornudar?" dijo Gabin. Omer rió "Una herida en la cabeza, tuvieron que afeitarme para que no se me saliese la mollera" "¿Herida, que pasó?" "Después te cuento, antes sácanos algo de beber".

Gabin sirvió dos cuencos altos de cerveza tibia y con mucha espuma, junto con encurtidos de la tierra. Su mujer, una pelirroja de corta melena, atendió a los soldados que habían tomado asiento en el porche disfrutando del Sol de mediodía.

"¿Te trata bien la vida, negro?" Preguntó el sargento con la confianza de un antiguo amigo
"No me puedo quejar, los hombres de los caballos son gente de buen beber"
Se dejaron llevar por los viejos tiempos durante dos cervezas más, aunque ambos sabian que la visita no era de cortesía

"Gabin, tu viviste un tiempo en Castilla"
"Cierto"
"¿Tienes gente de confianza allí?"
"Hombre, la vieja compañia"
"¿Alguien más de confianza que unos mercenarios?"
"Sergeant Omer, los castellanos son hombres de honor, aquí la gente habla sin saber. Cuando un castellano jura, lo cumple. Lo he visto muchas veces."
"Si tu lo dices será verdad, pero necesito a alguien que no sea un castellano"
"Amigo ¿Qué está pasando?"
"Pues eso queremos saber. Hace unos días capturamos a unos espias de tu tierra. Tranquilo, nadie desconfia de tí, tu eres de los nuestros. Eran duros, pero al final les sacamos que estaban recabando información sobre nuestras fuerzas"
"¿Para qué? Mis paisanos nunca han tenido interés por estas tierras ni hay rencillas abiertas"
"Llevaban equipo y monedas castellanas, de eso no hay duda, eso nos dió más información que ellos. No les sacamos casi nada y ahora cuelgan de un árbol".
Gabin tragó saliva, hacia tiempo que había huido de la sangre y el acero, la vida le había dado una mujer y 7 niños.
Uno de estos entró en tropel, junto con dos amigos pecosos y rubios, alegrando la estancia con sus chillidos y risas, desaparecieron tras la barra y se olló a su querida Karina dándoles la bienvenida.
 Gabin retomó la conversación
"Sabes que me alegra que me visites, pero no se a que has venido realmente"
 El sargento respiró hondo y sacó un legajo, ofreciéndoselo.
Sin saberlo, Gabin acababa de condenarse al leer aquel manuscrito.
"Lo llevaba el más joven de ellos, bueno, aunque estaba codificado y en su lengua"
El antiguo mercenario no quería ni imaginar como le habían sacado el código al muchacho.
"En esa carta se nombra a dos de tus pupilos, Gabin."
Alzó la vista del papel, ya empezaba a entender.
"Don Alberto Saavedra, cazarecompensas y Don Fernando Onrubia, mano derecha del Marqués de Quesada. Ya somos muy mayores para creer en las casualidades, Gabin. Si esos chicos de ahí fuera leyeran esto ¿Que crees que dirían?"
La actitud de Gabin cambió considerablemente, sospechando el motivo de la visita "Me he ganado el derecho de estar aquí. Me he ganado el ser uno de los vuestros"
"¿Por colgar las armas y casarte con una de nuestras chicas? Te has ganado nuestra tolerancia, puede que incluso nuestra amistad, pero siempre serás un extranjero, al igual que tus hijos."
Gabin saltó como un resorte para echarle a patadas, pero Omer cogió del brazo, mientras atraian la atención de parroquianos y soldados.
"Si quieres ser uno de los nuestros tendrás que ganártelo. Demuestra de que bando estás. Necesitamos saber por que tus pupilos están reclutando espadas y contratando espías."
Cuando la mirada del antiguo mercenario se cruzó con la de su mujer, el sargento musitó.
"No te preocupes por tu familia, la vigilaremos de cerca"
Soltó la presa y aguantaron la mirada durante unos instantes. Gabin, vencido, rompió el silencio, mientras el sargento mandaba a la gente a meterse en sus asuntos con sólo una mirada.
"¿Qué tengo que hacer?"
"Te daremos todo lo que necesites para que nos ayudes."
Ambos se sentaron y 30 septims de oro aparecieron sobre la mesa.
"Aquí tienes dinero de sobra para empezar a soltar la lengua de tu gente; por muy castellanos que sean, seguro que nada les azuza más la memoria que la visión del oro, infórmanos tan pronto como sepas algo. Mis chicos van a quedarse un tiempo en la ciudad, puedes disponer de ellos más o menos como te parezca hasta la frontera. Saben que eres un buen hombre y que te has ofrecido voluntario para una misión peligrosa, no tienen por que saber más".








Montañas salvajes

martes, 31 de julio de 2012

-¿Y dice usted que encontraremos soldados aquí?
-Por su bien espero que si.
-¿Por mi bien?
-No, por el de ellos. Pero tranquilo, eso no va a ocurrir, la prisión de Valparaiso esta llena de acero. Torcido como una hoz, no le digo que no, pero los castellanos somos tan valientes como humildes.
-Comprendo.
-No, no lo comprende. Por una bolsa de septims tendremos todos los soldados que podamos controlar. Son como perros salvajes, hay que morderles y mearse en ellos, después de eso ya son tuyos.
-Espero que no esté siendo literal.
-No, no creo que sea necesario llegar tan lejos, soy de esa clase de hombres que inspira confianza. Mi cara es mi hoja de servicios.
-En fin...

   La ladera de la montaña tenía un tono pardo y seco. El viento se llevaba el calor y los caballos parecían no fatigarse ¿Tendrían sangre de mula?

    A dos horas de camino ya se apreciaban las enormes murallas, el edificio se asemejaba a un palacio de las llanuras. Aunque su interior estaba lleno de la peor escoria de Castilla y las razas del continente. Caldero del asesino la llamaban sus habitantes.

-Don Alberto
-Dígame, magister.
-Y si los soldados no les parece suficiente la paga.
Una risotada llenó el camino
-¿Qué le hace tanta gracia?
-Los soldados no verán ni un puñado de sal, el dinero es para el alguacil y algún bravo. La soldados se presentarán voluntarios...o los pasaremos a cuchillo.

Liberatus

jueves, 30 de junio de 2011

Estamos corriendo, corriendo por la libertad, por rebeldía. Porque es lo único que podemos hacer. La estructura sobre la playa, ese malecón moderno, tiene dos líneas rojas marcadas por las que se puede correr, la externa, la más cercana al agua, es discontinua.
En los altavoces suena "Thunderstuck" de AC/DC. La sagre bombea por mi carótida, me siento viva y libre por primera vez en mucho tiempo ¡Thunderstuck!
Javier, un madurito con unos kilos de más, va delante mia ¡Como corre!
En el mar se oyen las motos acuaticas, cerca no se ve ninguno de esos tiranos. Pero se oye un disparo.
El disparo de un rifle de alto calibre. Cuando llegamos a uno de los arcos de la estructura, hay uno de esos bichos encaramado a la barandilla, apuntando hacia abajo con su rifle Barret.
Sus pezuñas atrapan la barandilla, impidiendo que el muy cabrón se caiga. Sus 130kg están acurrucados, realizando un segundo disparo y se gira hacia nosotros. Ahora si que toca correr.
Oigo la explosión de la bala de calibre .50. Restos del cuerpo de Javier me adelantan.
Salto al agua, 5 metros de altura. Junto los pies y espero el golpe. He caido entre 2 aparcamientos de motos de aguas. He perdido la parte superior del bikini, el menor de mis problemas. Un rubio de bote con gafas de sol me recoge en su moto de agua. Suena un disparo, aceleramos. Los altavoces hacen sonar "The joker and the thief" de Wolfmother. Muy adecuado.
Apreto mi cuerpo contra el del rubio y me giro para observar a la bestia haciendo un segundo disparo.

"Pegate más, bonita" creo que dice el rubio, joder es verdad, ahora que ya estamos lejos de sus armas me vuelvo a acordar del bikini. Mis tetas ahora son de dominio público.
Llegamos a un acantilado bajo una urbanización. Hay unas escaleras naturales que llevan a una cueva. El rubio ata la moto sin preocuparse demasiado y deja una de las chanclas en uno de los escalones, la otra cae al agua, sin que él se de cuenta o sin que le importe. La dejo en el mismo escalón y subo.
La cueva está bastante chula, para lo que me esperaba, el rubio pone "The kids aren't alright" de Offspring en la minicadena.Yo subo tapandome las vergüenzas, más por frío que por otra cosa.
-Donde tienes el baño
-¿Para qué?
-¿Tu que crees? Estoy empapada.
-No quiero que te tapes.- antes de que le responda con poca educación, vuelve a abrir la boca- Era coña, está ahí. Oye, es que estás preciosa- baboso.
Me ducho para quitarme la sal del cuerpo...y quitarme los restos de Javier ¡Malditos cabrones! Después de 20 minutos bajo el agua caliente, es momento de salir. Salgo con la toalla cubriendome el torso. Ahora suena "Hit or miss" de New Found Glory.
El tío está cocinando...para uno. No se porque no me sorprende, tampoco veo que me haya preparado ropa.
-Supongo que ya no me queda agua caliente.- dice sin girarse.
-Mierda, perdona.-Después de unos segundo de silencio- no tendrás algo de ropa para dejarme ¿no?- Se gira para mirarme, de arriba a abajo.
-Algo te encontraremos.






Piedra y fuego, capítulo 1

jueves, 11 de noviembre de 2010


Meli tenía sólo 11 años, era menudita y flaca, de cabellos castaños, tan claros que en verano, con el poderoso Sol, parecía rubia. Andaba leyendo por las adoquinadas calles y plazas de La Fortaleza, era primavera y los árboles la saludaban siseando, el viento levantaba las hojas.
Cuatro muchachas accedían entre risas al torreón del Este, adelantando a un anciano distraído de ropas raídas. Varias madres hablaban entre ellas mientras cargaban o vigilaban a sus pequeños.
De repente el siseo del viento se convirtió en vendaval, todos perdieron el equilibrio, mientras el torreón Este se convertía en una hoguera gigante, el dragón había vuelto y alguien lo montaba, la boca de la criatura volvió a abrirse y esta vez, apuntó a la plaza donde jugaban los niños.

Eclipse

martes, 24 de agosto de 2010

El suelo chilla.
¡Raaas!
Al suelo le duele cada paso. Los adoquines rezan por no ser pisados por el miembro inerte. Éste se arrastra de nuevo y rasga el suelo con su bota afilada.
¡Raaas!
Trozos de suela se quedan entre los poros de los adoquines.
Fuera parece que es de día, pero la noche se ha vuelto sobre el astro rey.
¡Raaas!
Si siempre habitases de noche y se te concediese la gracia de salir una vez entre luna y luna ¿Qué harías?
Traga saliva. Blanca y lechosa. Se atisban erupciones blancas en la lengua.
¡Raaas!
La gente usa gafas de sol para mirar al cielo, o un espejo para no dañarse los ojos.
¡Raaas!
Se para. El adoquín frente a la bota respira aliviado. El traje de 1200€ que vistió un hombre un día, ahora languidece sobre la piel nodulosa.
Un niño comparte un espejo con su padre, miran atentamente cabizbajos.
Husmea, el retoño no tiene más de trece primaveras. Alza el mentón y mira al Sol luminoso, el cual le está prohibido. Cuanto tiempo sin encontrarnos. Observa la nuca del lechón, aspira y vuelve la vista al cielo de nuevo.
Huele a rancio. El padre se gira y el niño ya no ve el reflejo del fenómeno. El padre tapa los ojos a su retoño. Sin querer lo pone delante suyo, dejando a la vista un cuello joven y carnoso.
Las zarpas agrietadas acarician la piel tersa.
¡Raaas!
Están frente a frente, nariz contra nariz. El hombre siente el aliento viciado. Ahora es el otro el que le muestra el cuello mientras observa el cielo de nuevo. La piel se agrieta, salta como puntos de una herida abierta. Algo alargado y grande como la yema del meñique se escapa entre los pliegues.
Una sonrisa macabra y todo ha terminado.
Cuando el Sol devuelve el color a su piel, el padre despierta de su ensimismamiento. Sigue en la misma postura ¿Cuanto tiempo ha pasado? El niño no se ha movido.
Sigue sujetando la cabeza de su hijo, pero no se atreve a mirar hacia abajo.

Todas las noches acude a la habitación del niño. Siempre se arrepiente de no haber hecho más. Se quedó inmóvil y hay consecuencias.
Mira la cama. Culpa. Mira la cama. ¿Por qué? ¿Por qué no me moví?
Una respiración débil. La infección del cuello no remite. Intenta descansar, pero las pesadillas y el asma le privan de sueño. Las horas se hacen interminables hasta que vuelve el Sol.
Cuando el pequeño consigue dormir, su padre deja la puerta abierta y una luz encendida.
Todas las noches, en sus sueños, huele a podrido y alguien acaricia la ventana con las uñas. Pero hoy no, hoy no tendrá pesadillas, hay eclipse de Luna.


The day of Cthulhu capítulo 28

viernes, 23 de julio de 2010

No hay ningún color, no existe ninguna dimensión, de nuevo, sólo está el verbo.
"No te necesito"
"¿Y quien dice que te necesite? Eres tan estúpido que no ves que he venido a matarte."
"No lo conseguirás, todavía estoy aquí."
" 'Aquí' ¿Donde? Estás en la celda donde he pasado todo este tiempo. Yo escapé, pero a ti no te dejaré salir. "
"Es mi cuerpo y mi mente ¡Vete!"
"No, formo parte de ti y me necesitas. No puedes soportar los horrores que hay ahí fuera, pero yo si; tu revivirás tus recuerdos una y otra vez, hasta que el tiempo los acabe borrando. Has dominado este cuerpo durante 50 años, pero ya no más. Ahora el tiempo es mío."
"¡No! Regresa ¡No te lo permitiré!"
"Adiós Adam, no volveremos a vernos. Ahora tengo que salvar el mundo que acabo de conseguir".

Se hicieron las nubes, la tierra que pisar, la brisa y la sangre, todo lo demás era indescriptible. El cuerpo de Adam Smythe hizó una flexión para levantarse, el pelo le cayó sobre la frente, ocultando su rostro.

"De nuevo aquí, esta vez para siempre." Vocablos inconcebibles salieron de lo más profundo de su ser, el claro en el bosque se iluminó con un verde pegajoso que manchaba la piel de sudor infecto.

El Ford T bajaba a 60km/h, más rápido que nunca. Las piedras le hacían saltar, al fondo se distinguía un amasijo de madera y ceniza húmeda, otrora un pueblo vivo.

El cielo se despejó progresivamente, no hubo más truenos, la oscuridad fue bañada por la Luna y las estrellas. El mundo parecía un poco más cuerdo. El telón se cerró de nuevo y el último tentáculo se ocultó tras él.

 Los ojos bien abiertos, la artillería sonaba de nuevo en su cabeza, el miedo, el pensamiento salvaje. Algo cambió en el ambiente, Carl parpadeó dos veces. Estaba de nuevo en la montaña, un poco de luz cayó desde el cielo y al poco, varias figuras se vieron entre las estrellas.

El coche se ladeó, unas zarpas atravesaron el techo y el parabrisas empezó a fundirse como mantequilla al sol.

Carl dio un frenazo y movió el volante a un lado y a otro. Lo que había sobre el techo se agarraba bien. El cristal fundido cayó sobre la pierna derecha de Carl, haciéndole perder el control del volante. El lateral del vehículo se arrugó al golpear un árbol grueso convertido en pasta de ceniza, que se evaporó con el impacto, el Ford seguía cuesta abajo. El detective pisó el freno y redujo la velocidad a la mitad, el bicho destripó el techo y aún así seguía aferrado, Carl aprovechó para tantear el fondo del coche. Asomó la cabeza a la altura del volante y un caos de prismas transparentes apareció frente a él. La criatura apartó la cabeza a tiempo para evitar un cerrojazo del calibre 45, cuatro disparos al techo; cargador vacío.


The day of Cthulhu capítulo 27

viernes, 9 de julio de 2010

Carl atravesó la ventana junto a la entrada principal, llegando a trompicones al coche. Arrancó a la primera, le dio cinco segundos para calentar el motor."Uno" un gritó inundó la noche, la garganta de Charles se rompió de dolor, llorando y gimiendo. "Dos" el periodista dejó caer a La Profe al suelo, para llevarse las manos a la cabeza mientras seguía chillando. "Tres" Carl agachó la cabeza y cerró los ojos. "Cuatro" las luces del pueblo habían sido apagadas, una tras otra, hasta no dejar ni una. "Cinco" la Luna salió de nuevo.

El vehículo ronroneó con los primeros metros y luego se detuvo. La luz de la Luna parpadeó.

"Cobarde, cobarde, cobarde"

La Profe cayó como un peso muerto "Viene a por mi, viene a por mi". Se acercaba, la silueta era cada vez más grande y reconocible. "Estamos perdidos, todos", con un último aleteo la criatura se posó en tierra. La Profe se mordisqueaba los dedos, quizás un dolor alejaría al otro.


"Esos dos desgraciados...". Lejos, en el pueblo, bestias aladas rebuscaban entre la devastación, quizás hubiese algún cuerpo intacto.


La criatura de pesadilla tenía el aspecto de una avispa con cabeza buitresca. Su piel era escamosa cómo la de un dragón. No era la misma aberración que ya había visto en su mente, sólo otra malformación del caos.

Carl vio por el retrovisor como la bestia observaba a la pareja con curiosidad. El neoyorquino averiguó sus intenciones, llevó el coche a su altura y buscó el arma. La criatura pareció asustarse al principio y luego tanteó con curiosidad la máquina negra que tenía ante si. Le dio un picotazo rápido que produjo un sonido metálico. Carl luchaba por no quedarse paralizado, esta vez no. De él dependía que la extraña pareja no acabase en las tripas de aquella aberración. Cuando la cabeza picuda se acercó a la ventanilla del acompañante...el pico de la criatura saltó en pedazos, el engendro gorjeaba y se agitaba de un lado a otro. El coche dio un giro y la arrolló a poca velocidad, para después arrastrarla colina abajo, hasta que las piedras y la tierra desollaron su quitinoso cuerpo.

En el bosque, donde todo empezó, alguien se alzaba y recogía un viejo libro, repasó cada uno de los párrafos y los recitó en voz alta. Los ideogramas de los montículos volvieron a brillar con fuerza.


The day of Cthulhu capítulo 26

domingo, 4 de julio de 2010

Fuera, el cielo seguía oscuro, los truenos rugían como nunca antes. Charles encendió una cerilla mientras bajaba las escaleras "Dios mío, se ha metido ahí completamente a oscuras" con la poca iluminación de los fósforos, oteaba el sótano en busca de La Profe "¡Pequeña! ¡Pequeña!" No vio nada allí, quedaban las escaleras que llevaban al exterior de la casa, tras subir dos escalones, oyó un rugido prenatural que le hizo retroceder. Pálido y asustado, retrocedió y la cerilla se apagó. A ciegas trató de encender otra cerilla, tan nervioso estaba que la rompió "¡Mierda!" Cuando consiguió encenderla algo le atrapó la pierna.

Ella. Otrora tan dura, tan segura. Se arrastraba y babeaba como un bebé. Dijo algo imposible de entender, a Charles le pareció oír su nombre, se arrodilló y la abrazó. Su cuerpo temblaba poseído por el miedo. "Fuera...no...Adam...¿por qué?" También eso pareció entender. Charles miró de nuevo las escaleras que llevaban al exterior. Endureció el rostro y cogió a La Profe en brazos "Se acabó esta locura, vayámonos a casa". Uno a uno ascendió los escalones, con la clara sensación de que lo peor estaba por llegar.

Carl se estaba echándo agua en la cabeza, había perdido la consciencia durante unos segundos, pensaba él, ahora le costaba enfocar la vista. "Están todos locos" pensó "La putita esa les ha frito el cerebro a los dos. No se como lo haré, pero se van a enterar...¡Vaya golpe me ha dado la mosquita muerta!"

Se abrochó la camisa, intentó ponerse el sombrero, aunque desistió de inmediato, debido al hinchazón. "Ese desgraciado de Silver ni siquiera ha venido a levantarme del suelo". Carl pensaba en voz alta mientras iba en busca de su compañero. Silver Klaus seguía sujetando el cuaderno negro, sin darse cuenta de que se le había caído. Estaba petrificado mirando el exterior. Su cara era la representación viva del más absoluto terror. Lo que estaba viendo era real, tan real como el agua, tan cierto como las montañas o el suelo que pisaba, cierto aunque más allá de toda lógica; una criatura descomunal que podría parecerse a una babosa negra con tentáculos blanquecinos. Enorme y real, absorbía la vida y arrancaba todo cuanto estaba a su paso. Horrendo, vomitivo, era ese miedo que todos guardamos dentro, era la peor de las fobias hecha realidad. Tan ajeno a la vida de la tierra, era la muerte materializada; corriendo ladera abajo hacia Black-knob. El pueblo que ya no iba a existir, condenado, pues no había nada que pudiera detener al Guardián del Símbolo Amarillo.

Ahí estaba otra vez. Su amigo, su compañero había desaparecido ante sus narices, no físicamente claro; pero su mente ya no existiría. El alma de Silver había menguado para ocultarse de la realidad. Quedó escondida en lo más profundo de la psique, Carl lo supo enseguida. El descomunal gasterópodo pasó ante sus ojos, pero no lo vio, así como no advirtió la artillería junto a aquel río francés.

Esta vez lo que tiró de él fue su instinto. Intentó abrir la puerta principal, al no conseguirlo, destrozó una de las ventanas y corrió hacía el vehículo. A sus espaldas sonó un ruido seco seguido de un chillido desgarrador.

Charles había conseguido subir a La Profe hasta el exterior. Ella seguía en estado catatónico, él la cargaba como si fuera la novia que va a atravesar el umbral. Entonces vio los árboles convertidos en ceniza gelatinosa, vio la desolación, la criatura informe y gelatinosa en medio de la oscuridad de la noche, donde el pueblo era la única fuente de luz, como estrellas en un cielo despejado. Una tras otra las estrellas fueron apagándose absorbidas por el agujero negro venido del espacio, no dejaba más que una cáscara vacua y asquerosa. Una de esas estrellas, cuya luz iluminaba a su mujer y a sus dos pequeñas hijas, fue apagada como una más. Si había un Dios en el cielo, hasta él llegó el grito de dolor.


The day of Cthulhu capítulo 25 (Fear of the dark)

martes, 29 de junio de 2010

Desde la profundidad del espacio se cierne la amenaza de aquellos que gobernaron la tierra. Los Primigenios, anteriores habitantes del suelo que pisamos, tan antiguos como las montañas, venidos de más allá de las estrellas.

Fueron expulsados hace eones. Algunos duermen eternamente bajo el mar, en islas inaccesibles o lejos, en las profundidades del espacio. Pero la distancia no  importa cuando sus conocimientos van más allá de lo que una mente joven, cómo la humana, puede entender. Y aunque pudiéramos comprenderlos ¿Qué podríamos hacer para evitar lo que está por venir?

Nuestro mundo es falso, sólo vemos aquello que está delante del telón. Si nos atreviésemos a apartar la tela y echar un vistazo, quizás nos acercaríamos a la verdad, mas todo tiene un precio. Una mente débil podría sucumbir a la realidad.

El telón, al fin y al cabo, está para nuestra seguridad, los grandes secretos esconden un gran poder que debe ser manejado con cuidado.

Aquellos que ahora duermen, un día volverán, porque su vida no es limitada como la nuestra y antes o después, hallarán la forma de retomar aquello que un día les perteneció. Pues no esta muerto aquello que yace por siempre, y con la llegada de extraños evos, aun la muerte puede morir.

***

En algún lugar entre las fronteras de Bélgica y Francia:

"Está refrescando de cojones" "Tengo los pies que no me los siento y 'cuatro ojos' no nos dejará descansar hasta que pruebe el chocolate belga".

La arboleda consistía en chopos dispuestos artificialmente, todos a la misma distancia. La noche había caído, el cielo se cerraba con nubes oscuras y el viento ululaba sin fuerza; trayendo restos de la humedad del río Aisne.

Los hombres se disponían a 10 metros de distancia. Los americanos estaban en una orilla, los franceses en otra.

De repente oyeron una escuadra de cazas sobrevolándolos. Se oyeron los pitidos de ataque aéreo. Cuerpo a tierra y a buscar cobertura.

"¿Son nuestros o suyos?" "¿Te crees que llevo prismáticos o que?" Desde arriba llegó una lluvia de balas que hizo saltar la endeble madera de chopo y regó los campos franceses de sangre yanqui.

"¡Carl, vamos donde los gabachos!" Carl lo oyó, pero con su respuesta llegó la artillería.

Las explosiones comenzaron a crear claros enormes en la arboleda, los hombres huían despavoridos con la certeza de que no volverían a ver la luz del Sol.

Mientras el infierno se abría, Carl se quedó de pie, las explosiones cercanas le cubrían de tierra mientras observaba el lugar donde había estado su compañero.

Cerró los ojos tratando de olvidar como los miembros de su amigo habían salido en una dirección y el cuerpo en otra.

Alguien tiró de él mientras seguía viendo la misma imagen, una y otra vez.

The day of Cthulhu capítulo 24

domingo, 6 de junio de 2010

La profe baja los escalones con la visión borrosa debido a las lágrimas, con la mano izquierda se coge a la barandilla, la otra mano dentro de la boca, los dientes van royendo la carne y los ojos abiertos como platos. Abre la puerta que da al sótano por donde han venido, detrás va oyendo la voz de Munger, otra puerta más y la completa oscuridad, si sale de la casa quizás paren las imágenes de su cabeza. No no no no no, ahí viene otra vez.

"Quédate ahí tranquilo, yo iré buscando ¿Te traigo algo?" "Ginebra, eso estaría bien" Carl se dirige a la cocina y oye ruido arriba. Mientras, en el salón, Silver se sienta en una silla, el vientre lo tiene más rígido que por la mañana.

Se fija en una cómoda de madera, uno de los dos cajones más pequeños está abierto unos centímetros. Se apoya con dificultad en la mesa y logra alcanzar el mueble, al abrirlo descubre que está a rebosar de objetos de mujer: Un peine, pulseras, pendientes y otras chucherías. La curiosidad de Silver le llevó a este trabajo, una vez inspeccionado el cajón, continuó por los demás hasta haber registrado todo el mueble.

Carl volvió con una bandeja "Te vas a querer morir, no sólo he encontrado el sifón y la ginebra, si no que también hay limón y una botella de granadina ¿Qué es eso?" Silver ojeaba una agenda de cuero negro muy coqueta "Es el diario de la prometida de Adam, Margarite" dijo sin levantar la vista del texto "¿Y que dice?...Silver...¿Qué que dice?" "Espera" "¿Qué espere a que? ¡Trae!" Carl intentó arrebatarle el diario, pero Silver estuvo más rápido y lo rechazó con un empujón. Carl se la devolvió lanzándole la bandeja con las botellas y los vasos "¡Ahí te quedas, tarado!" Silver siguió leyendo.

"¡Pequeña, pequeña! ¿Estás bien?" Munger sigue con la mirada a La profe mientras esta baja las escaleras patizamba. Empieza a seguirla dubitativo, es una mujer de carácter. Ya no puede verla, sólo escucha sus pasos retumbar en el sótano, cuando Munger llega a la puerta, Carl le intercepta "¡Oye! ¿Ya habéis acabado arriba?" Munger señala hacia la puerta "Espera Carl..." El investigador lo coge por las solapas y lo pone de puntillas "Vuelve a decirme que me espere ¡Ten cojones a decirlo otra vez!" Munger le coge las muñecas y se queda con la boca abierta. Carl, relamiéndose en cada sílaba pregunta "¿Qué habéis encontrado arriba?" Munger mira la puerta, mira a Carl, va a decir algo y se vuelve a fijar en la oscuridad más allá de la puerta. Munger suelta la muñeca izquierda de Carl y golpea el anverso del codo, logrando que éste esté más cerca, atrapa el cuello del de Nueva York y golpea su cabeza contra la puerta abierta. Carl flojea en su presa, Munger logra escapar y la oscuridad se lo traga también a él, quizás para siempre.

Un relato de Jdelasmuelas: La sombra del mar

jueves, 3 de junio de 2010


La sombra del mar

La brisa del mar siempre me ha despejado la mente. Se convierte en algo cuasi-hipnótico, liberando mi subconsciente de la celda de la consciencia. Me ayuda a pensar mejor. La tarde era estupenda para salir a navegar.
Lo cierto es que, estar solos en ese lugar en mitad de la nada, también ayuda. Solos con los elementos básicos que conforman la vida. Solos con el Sol, el viento, la tierra y el mar.

Te hace sentir tan pequeño, tan insignificante, tan débil. No se tiene la misma confianza que te dan cientos de miles de seres humanos al tu alrededor en una gran ciudad.

La isla está prácticamente desierta y parece inhóspita, sin un atisbo de vegetación. Parece el planeta Marte rodeado de agua. Así es la isla de Fuerteventura en las Islas Canarias. 

Era la luna de miel perfecta en nuestro velero alrededor de la isla, sólo nosotros dos. Después del jaleo monumental que suponía la boda junto con el trabajo diario. Demasiados detalles, demasiada gente, demasiado estrés.

Ahora el barco nos mece suavemente mientras la brisa marina nos arrulla como si la madre naturaleza cuidase de nosotros. Es en ese preciso momento, y no en otro, cuando la felicidad me empieza a invadir mientras contemplo, con ojos somnolientos, mi recién casada esposa mientras, ajena a mi tierna mirada, tuesta su dulce y suave piel en la cubierta del barco.

¿Estará dormida? A mí también me está entrando algo de sueño, aunque como capitán “temporal” del barco, siempre me ha gustado que me llamen “capitán”, debo estar vigilante. Pero no hay problema. Hemos anclado cerca de la playa, a sólo unos cientos de metros. Si cierro los ojos un poco siento como la brisa del mar recorre mi cuerpo y suaviza el castigo de los rayos del Sol. Sólo se oye el viento jugar con los mástiles, al agua ronronear junto al casco del barco. Un chapoteo sordo. Supongo que alguna madera a la deriva habrá golpeado el casco. No será nada importante.

Abro los ojos y todo sigue igual. El tiempo parece no pasar. La isla está en su sitio. El mar está en su sitio. El barco nos mece en su sitio.

-        Ana, ¿Ana? - En la cubierta no está, ¿habrá bajado a la bodega? Me da pereza levantarme.

No se habrá tirado al mar porque la escalerilla no está colocada. Menos mal que me he dado cuenta. Me levantaré a comprobarlo. La toalla por lo menos está ahí. El extraño silencio me inquieta. En la bodega tampoco está. Veré en el agua. Me asomo por la borda y no la encuentro.

-        Ana, si es una broma no me gusta, ¿Ana?¡Ana!

Fijándome un poco más veo una sombra en el agua. ¿Se habrá sumergido? Sí, el agua fría del Atlántico contrasta mucho con la piel recalentada por el Sol. Ana y yo hemos comentado muchas veces el efecto relajante que provoca el contraste. Pondré la escalerilla para cuando salga, la esperaré. Le sorprenderé. Aunque esa sombra es extraña. No la distingo bien, pero ya está a punto de salir. ¡No! No es Ana. Esas facciones, esos ojos, es... ¿qué es? ¿es un pez?

Sin darme cuenta me he asomado demasiado por la borda. Sus garras han atrapado mi cara y mi brazo derecho. No veo nada por culpa de esa mano escamosa. El agua está fría y me hundo. Desciendo en segundos, hacia Dios sabe qué profundidad, lastrado por ese ser indescriptible. Aunque quisiera verlo no puedo, hay agua por todos lados. Como no reaccione pronto estaré muy abajo, y con la sorpresa no me ha dado tiempo a coger aire.

Sin aire y con mis movimientos descoordinados agotando mis reservas estoy perdido sin remedio. Este bastardo. Casi me rompe el cuello y la espalda con la caída. No aguanto más. Aire. Con un pie toco parte de su cuerpo. Le golpeo. Intento apartarlo a patadas. Mi destreza habitual está anulada en este medio tan distinto. Aire. Una, dos, tres patadas. A pesar de la lentitud de mis movimientos, noto que son lo suficientemente fuertes para separarme de su presa. Aire. ¿Dónde estoy? ¡El Sol! Hacia allí tengo que ir. Aire. Asciendo con lentitud. Aire. Ignoro si me sigue. Aire. La superficie, aire, está tan cerca. Aire. Mis pulmones van a estallar. Aire. Sólo un poco más. Aire.

-        ¡Ana! - grito desesperado.
-        Tranquilo, tranquilo Alberto – Me dice el Teniente al tiempo que me sujeta para que, del ímpetu, no me caiga de la cama - Usted está en el hospital, ¿recuerda?
-        Ella está en el agua, – respondí inspirando profundamente varias veces, falto de aire. Me encuentro lleno de sudor como si me acabase de dar un baño – en el agua...
-        Entonces, eso podría explicar las heridas de la cara y los moratones del brazo, pero, – dice el Sargento al tiempo que cruza una mirada con el Teniente mientras me señala el pecho – la herida del costado, ¿cómo se la hizo?
-        Pero Ana... Está en esa casa
-        ¿Qué casa? - pregunta el Teniente
-        La vi ahí, ustedes me creen, ¿verdad? Ese monstruo se llevó a mi mujer y casi me lleva a mí.
-        Claro Alberto, claro. Usted ha estado sometido a mucho estrés, y proseguimos la búsqueda de su mujer. - me reprocha el Sargento - Insisto, ¿cómo se hizo la herida del costado? ¿Dónde estaba esa casa en la isla?
-        Ella... – acababa de recordarla, en esa la cápsula, esos tubos, ya no era ella – La culpa de todo lo tiene esa casa, allí se encuentra pero ya no es ella, ¡ya no es ella! – respondí, al tiempo notaba como se me rompía el corazón. Sólo podía llorar. Temblaba. De rabia, de impotencia, de pena.

Lloraba por ella, ¿por qué a mí? ¿Y si no me creen? No la encontrarán nunca. Me da igual, yo también dudaría en su situación. Después de lo que he pasado, me da igual lo que me ocurra. No me importa. El mar, la Isla, esa casa. El dolor en el pecho es tan profundo como el mar. No puedo ignorar el dolor que me arde en el costado. Llega la enfermera y algunos enfermeros. Un pinchazo. Todo pasará. Como en un mal sueño.

-        Será mejor que nos marchemos, será mejor que descanse – me dice el Teniente, tras mirarse mutuamente  y dándome por perdido, al menos por hoy – vámonos Sargento.

Salen de la habitación ambos. Afuera, supongo, habrán más guardias. Me atan a la cama. No querrán que me autolesione. Es comprensible, ya no me importa nada. No quiero vivir más.

-        Esta historia no tiene pies ni cabeza, mi Teniente. ¿Monstruos acuáticos? – dice el Sargento – También ha dicho algo de una casa.
-        Lo sé, nada tiene sentido, quizás es muy pronto para hablar con él y sacar algo en claro– responde el Teniente – ya que parece muy afectado. Después de todo, la mente en situaciones de estrés, es capaz de hacer creíble lo más disparatado.
-        Esas heridas... igual se las ha hecho él mismo mientras se deshacía del cuerpo, o durante la pelea con ella – teoriza el Sargento.
-        Miguel, ¿tenemos noticias de los GEAS?
-        Todavía nada, mi Teniente. En el barco no hay señales de violencia. Mañana podemos seguir con el interrogatorio y a ver si aclaramos esto de una vez.
-        Eso espero, pero necesitamos el cuerpo. Sargento, tenemos que encontrar a esa chica.
-        A la orden, mi Teniente.
-        El dueño del barco ha corroborado la declaración del sospechoso, dice que subieron a bordo los dos. Esto es una locura.

La droga empieza a hacerme efecto. Desde que vine de la isla y de esa maldita casa, en mitad de la nada, no he vuelto a poder dormir en paz. Creo nunca más volveré a soñar. A veces, la mente, para proteger la cordura del individuo por la realización de un hecho horrible, crea ilusiones con tanto realismo que él mismo es incapaz de discernir realidad de ficción. ¿Y si me lo he estado inventando todo? ¿Está acaso mi juicio nublado por alguna barrera psicológica que no me deja ver con claridad la simple y terrorífica verdad? La verdad siempre es mucho más sencilla. Menos traumática.

Por lo menos desde la ventana abierta del hospital se ve el mar. La brisa que entra por la ventana siempre me ha despejado la mente. Se convierte en algo cuasi-hipnótico, liberando mi subconsciente de la prisión de la consciencia. Me ayuda a pensar mejor.

Hace una tarde estupenda para salir a navegar.

The day of Cthulhu capítulo 23

viernes, 23 de abril de 2010

La brisa agitaba el cabello de Adam Smythe mientras ataba una res por la cabeza a un árbol y por los cuartos traseros a otro. El animal, herido y asustado, era retenido por la criatura alada, clavándole sus afiladas patas y garras. El gran peso del animal no parecía ser un problema.

De entre unos arbustos Adam sacó un hacha y un cuenco. Clavó la destral sangrante en el suelo y recogió un cuenco lleno de líquido rojo humeante. Después comenzó la salmodia. Pasó por cada uno de los nueve monolitos e inscribió marcas cuneiformes, sílabas impronunciables para la voz humana, entre las nueve formaban el nombre de "Aquel cuyo nombre no debe ser pronunciado".

Se limpió los restos de sangre en el suelo y sacó un libro de un maletín. Volvió a la página que tantas veces había leído, repitió las palabras latinas, señaló cada una de las nueve moles e intentó pronunciar correctamente la invocación "He-ais-t'ha-uth-mugh-t'ha-iur-uth-ur" "Señor y custodio del Símbolo amarillo, Oscuridad errante de Aldebarán".

La noche estrellada, pasó a ser oscuridad, de repente no se veía nada, Adam quedó cegado y aterrorizado, sin embargo un resplandor comenzó a nacer. Las sílabas teñidas de rojo ahora despedían una luminiscencia fluorescente de un color indefinible que el ojo humano habría calificado de verde enfermizo.

Adam miró a un lado y a otro, observó a la vaca enmudecida, sangrante y cuyos ojos se salían de las órbitas mientras quedaba hipnotizada por el resplandor verdoso. Adam clavó las rodillas en el suelo, desorientado había despertado en medio de una claro en el bosque, en una oscuridad aliena a todo lo racional.

De repente lo comprendió todo, la locura de Margarite, la desaparición de las reses, no recordaba que les pasó a Hammet y al vagabundo, quizás fuera mejor así, pensó; el mundo ordenado se resquebrajaba ante él y su único deseo era salir de ese sueño.

Una docena de rayos se sucedieron. Cerca, muy cerca. Adam se cubría como podía y en cada uno de sus intentos, se veía atrapado, pues sus piernas las comandaba otra parte de su mente, un rincón primigenio y oculto que se había hecho con el control de su vida y que ahora, había llegado al fin de su ardid, como si de un Caballo de Troya se tratase. "Mr.Hide" había matado al "Dr.Jekyl".

Los árboles comenzaron una danza macabra al son del viento, que traía una música aguda.

Por encima de la ventisca se oyeron los gritos del pobre anciano, el terror de más allá de las estrellas llegó rodeado de las criaturas de pesadilla o "By-khee" como las llamaba el ajado libro que tenía frente a él. Aún con el temporal, las hojas no se movían.

Los By-khee volaban en círculos alrededor de la masa informe y tentacular, hacían picados y danzaban.


Adam no podía recordar los pasajes, pero sentía en su interior que todo lo indicado se había cumplido y la esperanza para la vida en La Tierra estaba perdida.

Uno de los Primigenios había retornado al que fuera su reino, una masa negra de una fluorescencia ya familiar; con tentáculos que bailaban y desaparecían, uno de ellos arrancó al pesado animal de entre las ataduras. Tal fue la violencia del ataque, que parte del cráneo, junto con tejido gris y piel, saltaron alrededor de Adam.

Los tentáculos, arrancaron los abetos y abedules centenarios como si de ramitas secas se tratara, giró sobre si mismo y se movió con endiablada rapidez, agitando todo aquello que había a su alrededor.

Por donde pasaba todo quedaba muerto con una forma que recordaba a su estado anterior, pero como si ahora estuviera compuesto por una ceniza gelatinosa, que al poco se acababa desmoronando y deshaciendo por efecto del viento, hasta que un manto gris cubrió la colina de Black-Knob.

Adam sollozó, gimió, gritó y rió.

Una carcajada monumental llegó hasta el pueblo hacía el que se dirigía la muerte alienígena que ahora se arrastraba colina abajo.

Los restos de la cordura de Adam Smythe habían desaparecido.

The day of Cthulhu capítulo 22

sábado, 10 de abril de 2010

"Ahí está el sifiloso" Dijo la profe
"¡O te callas o te abro la cabeza!" Espetó Carl.
Discutieron hasta que la mujer cogió a Charles Munger del brazo y subió las escaleras.
"¿Tienes fiebre? Dijo el médico que corrías peligro de coger una infección"
"Carl, hay algo ahí arriba...no les dejes subir, vayámonos de aquí"
"¿De que hablas, está Smythe arriba?"
"¡No! algo sucedió en esta casa. Se lo que le pasó a Margarite, creo que Adam Smythe son dos personas" aseguró Silver.
Carl le miró con escepticismo primero y con preocupación después.
"He visto lo que pasó. Lo he visto tan claro como si fuese la muchacha, pobre mujer...Carl, no hay que dejar que nadie..."
"Ya basta"
"Amigo, nos conocemos desde hace años. Lo que te digo es cierto como que hay Cielo e Infierno"
"Esas historias de fantasmas que lees te han afectado. ¿Conoces 'El Quijote'?"
"¡No te burles de mí! Se lo que he visto, y si no me crees ¡Puedes irte al cuerno!"
Carl le ayudó a levantarse "Tú y yo vamos a acabar con esto" La cara de Silver era un signo de interrogación.
"Como tú has dicho, somos amigos desde hace tiempo. Voy a ser tu Sancho Panza, te voy a ayudar a ver las cosas con claridad." Sentenció Carl.

Charles y La profe abrieron la puerta y se encontraron en el rellano de las escaleras que daban acceso al piso superior. La luz era escasa, aunque los fogonazos de los rayos iluminaban súbitamente la planta baja.
"¿Sientes eso?" preguntó ella. "¿La tormenta de ahí fuera? Sí, tengo palpitaciones" La profe lo miró como si fuera idiota y le hizo un ademán de silencio.
Accedieron a la planta superior, mientras la puerta del sótano se abría para dejar paso a los dos de Nueva York.
Charles seguía a La profe, ésta buscaba a tientas un interruptor.
El aire estaba cargado. Olía como si no se hubiesen abierto las ventanas en años.
Un rayo cayó cerca sobresaltándolos a los dos y mostrándoles el interruptor, La profe lo activó y las bombillas se encendieron durante un segundo antes de explotar.
"¡Dios!" exclamó Charles mientras retrocedía de nuevo hasta las escaleras.

La profe se pegó a una de las puertas. De repente una secuencia se fijó en su mente, estaba en el cuerpo de otra persona. Adam Smythe la sacudía como un pelele, sujetándola por los hombros. Lo veía hablar, era como si los sonidos llegasen a sus oídos, pero no a su cerebro.
Adam la ató a una silla en medio del pasillo, fue a su habitación y volvió con una llave, abrió una de las puertas y... la pesadilla, una criatura con el aspecto de una avispa del tamaño de un mastín y con el rostro convertido en un millar de prismas blanquecinos, su aspecto era quitinoso como el de una araña de tonos oscuros, con seis patas en mitad del cuerpo y dos tenazas cerca de lo que tendría que ser una cabeza.
Sintió perder la razón, Margarite gritaba hasta romperse la voz, Adam estaba a su lado y la obligaba a mirar, aquello era real, era la misma pesadilla que La profe visualizó en los nueve monolitos, había sido una sensación del pasado proyectada en su atormentada mente. El mundo no es como lo conocemos, el mundo se retuerce, oculta lo impensable, vivimos engañados, la pesadilla existe "¡Adam! ¿Porqué me haces esto? ¿Porqué me obligas a mirar?"

Charles vio a la profe asida a un pilar "Susan, pequeña ¿Qué te pasa?" tenía la mirada perdida y se mordisqueaba los dedos, mientras la sangre le empezaba a brotar entre jirones de piel. "¡Para! ¿Qué haces? ¡Contéstame!" gritó Charles
"¡Adam, no, no! ¡Aleja esa cosa de mí! ¡No, Adam, no me obligues a mirar! ¡No es real, no es real, no puede ser real!"

The day of Cthulhu capítulo 21

sábado, 20 de marzo de 2010

Diario de Margarite Stanfield:
 
He conocido a un caballero de Nueva York, es un hombre educado y de muy buena posición, en cuanto me ha visto se ha quedado prendado de mi, lo he visto en su mirada. Es veinte años mayor que yo, pero me gusta como me escucha y como elabora sus respuestas ¡Es tan maduro! No como los idiotas del pueblo. Además ha visto mucho mundo, tiene una biblioteca muy variada y se le nota un nivel cultural altísimo.

Adam y yo cada vez nos vemos más a menudo ¡A veces estamos toda la mañana y toda la tarde juntos! ¿Cómo hemos podido estar separados tanto tiempo? Dentro de poco me pedirá en matrimonio, me ha insinuado que ya no puede estar sin mí.


...

Aprovechando el buen tiempo nos pasamos todo el día al aire libre. A veces paseamos y otras sacamos las tumbonas al jardín a Adam le gusta leer, mientras yo descanso. A veces ojeo alguno de sus libros, pero son aburridos, prefiero tomar el Sol.

 ¡Es increible! Al pobre de Sammuel Gray le han robado ya dos vacas, él que está hasta el cuello de deudas ¡Menos mal que está aquí mi Adam! Le ha dicho a Sam que vaya al almacén y coja los materiales que necesite para hacerse un cobertizo para que no le desaparezcan más.
Adam se ha ofrecido a pagarle las dos reses, pero el orgullo le a podido al bueno de Sammuel ¡Mi prometido es todo un filántropo!

...

Este hombre está obsesionado con ese cochambroso libro, se está convirtiendo en otra persona.

Tiene momentos buenos, en los que es el hombre más maravilloso, hablamos, paseamos... Pero de repente se pone ceñudo y no dice palabra, parece que le moleste mi presencia.
Esta misma mañana íbamos atravesando el bosque, dispuestos a almorzar, cuando encontramos un claro. Adam se quedó petrificado y tiró de mi, no me dio ninguna explicación, no quiso oír hablar de comer. Regresamos a casa, por mucho que le pregunté, no soltó ni prenda, apretó el paso y me clavó esa mirada perturbada que se le pone a veces.
Me senté en la mecedora sin dirigirle la palabra. Después subió a su despacho, que guarda cerrado a cal y canto, y desde entonces no he vuelvo a saber nada más de él.

Ha venido a disculparse, dice que esta noche me enseñará algo muy especial, se ha deshecho en elogios y me ha dado un abrazo. La verdad es que tiene un corazón muy dulce. Esto me recuerda porque me enamoré de él.


...

The day of Cthulhu capítulo 20

miércoles, 10 de marzo de 2010

El sótano estaba oscuro como la boca del lobo, se notaba la humedad en la piel y en la boca. La oscuridad convertía cada rincón en una amenaza. La profe y Charles estaban solos en el sótano, no habían encontrado ningún interruptor. Iban en silencio, concentrados en no darse un golpe, de repente la tenue luz que venía de fuera se interrumpió como si se hubiese cerrado la trampilla. Carl Smith los iluminó con una linterna eléctrica desde las escaleras, al parecer la noche se les había echando encima sin avisar.
Un relámpago brutal iluminó la figura del investigador que descendía los primeros escalones, lo siguieron otros sonoros fogonazos más, era cómo si unos demonios se estuviesen divirtiendo en las nubes. El sonido era cada vez más ensordecedor, el viento rugía con tanta fuerza que se oía la casa quejarse. Los árboles cercanos hacían esfuerzos por no partirse y sus hojas volaban por los alrededores.
"¿Es que se han abierto las puertas del infierno?" Dijo Charles Munguer
Carl apuntó a unas escaleras que ascendían hacia la casa, se veía luz por el hueco de la escalera. El investigador les hizo a los otros un ademán de silencio, mientras desenfundaba el arma y apagaba la linterna, subió los escalones sigiloso, aunque la madera se empeñaba en crujir bajo sus pies. Miró por debajo de la puerta, había alguien al otro lado.
Apretó el pomo  con fuerza, contuvo la respiración y con el hombro golpeó con fuerza para entrar con el cañón del arma por delante.

"¡Alto ahí!" Gritó nervioso. No esperaba encontrar allí a Silver, asustado, tumbado en el suelo, con signos claros de haber llorado. Enfundó el arma y le cogió de los hombros "¿Qué haces aquí, que te ha pasado?". Entre sollozos Silver intentó explicarle que había convencido al médico para que le llevase hasta la casa, al encontrar el coche de Carl y no ver a nadie, sacó la palanqueta del maletero y reventó la puerta del sótano. Aquello que lo había sobrecogido no se atrevió a mencionarlo.

The day of Cthulhu capítulo 19

viernes, 5 de marzo de 2010

El mayordomo presentó y abrió la puerta a un hombre de aspecto achaparrado y con un bigote fino. Desde la habitación se apreciaba toda la vista aérea de Nueva York, la gran ciudad saludaba a los dos hombres.Smythe sujetaba una copa de Brandy, la dejó sobre la mesita y se estrecharon las manos efusivamente. Después de varias nimiedades, se sentaron. El Sr.Rice portaba un paquete con el aspecto de un libro.
"¿Qué me traes esta vez?"
"Lo que llevo entre las manos es una obra excepcional."
Smythe observaba atentamente el paquete envuelto en papel y atado con un sencillo cordel.
"Es único entre los libros arcanos."
Alargó la mano para coger el bulto. Mientras, el librero se recostaba sobre el sillón y disfrutaba del inicio de aquello que ya no tendría fin.
"¿Cómo dices que se llama?"
"La sagrada hermandad del símbolo amarillo"
Acarició el lomo con deseo, abrió la tapa y observó las palabras manuscritas. El Sr.Rice sabía que su cliente podía pasar una hora evaluando el texto hasta darle una respuesta.
Adam Smythe tenía los ojos bien abiertos y pasaba las hojas con avidez, aun cuando su dominio del Latín estaba algo oxidado.
¿Cuanto quieres?

Me alegro tanto de haberte encontrado
Marguarite sonrió mientras decoraba el árbol
Tengo algo que darte. Esto no lo trae Papa Noel.
Le mostró un cofrecito, lo abrió para que ella viese dentro un anillo dorado. Ella se llevó una mano a la boca y con la otra se tocaba el pecho.
¿Y bien?
¡Qué si, que si, que si!

"Cariño, estoy leyendo, ahora bajo." Dijo Smythe con una sonrisa.
"¿Porqué tengo que estar aquí sola? Siempre estás con ese asqueroso libro"
"Ahora bajo, preciosa"
Adam Smythe parpadeó dos veces "Arpía asquerosa..."
"¿Qué dices cariño?"
"Que vamos a dar un paseo al bosque"
"¿Ahora?"
"Coje tus cosas, nos vamos"

The day of Cthulhu capítulo 18

jueves, 18 de febrero de 2010

Carl Smith cargaba a La profe a sus espaldas, Charles Munger iba detrás, vigilando donde ponía los pies en aquel nevado bosque.
Entre la arboleda ya se perfilaba la figura de la casa de Adam Smythe. Sonaron golpes secos desde allí.
"Déjame bajar Carl, ya me encuentro mejor" "Menos mal, ya empezaba a temer que me pusierais una silla y me dieseis zanahorias"
Cuando el número de árboles iba menguando Charles advirtió que una ventana del piso superior estaba abierta.
Bajo aquella ventana estaba la puerta al sótano, alguien la había reventado y estaba abierta.
Los tres se miraron, para sorpresa de todos, incluido él mismo, Charles pasó primero, estaba oscuro y no se oía nada. Fue bajando poco a poco los escalones, tanteando la pared de la derecha, ya que no había barandilla.
La profe pasó después, mientras Carl Smith se quedaba fuera oteando los alrededores. Cuando la figura de la mujer fue absorbida por la oscuridad, Carl advirtió un cuarto par de pisadas que venían desde su coche hacía la casa. Las pisadas eran más profundas en un lado que en el otro "O es cojo o lleva algo muy pesado con una mano...¡Mierda!" el maletero de su Ford estaba abierto. Fue corriendo hasta él. Alguien había ido hasta su coche. Siguiendo el rastro, llegó hasta el de un vehículo de ruedas finas que al parecer había dejado al desconocido y luego había marchado.
Carl cogió una linterna de pilas, cerró el maletero y fue corriendo hasta el sótano. Por ahora no había rastro del patrón.
Encendió la linterna y tan pronto como se hizo la luz dentro de la casa, se oscureció fuera. Miró perplejo hacia arriba, no había nada en el cielo, ni nubes, ni estrellas, ni Sol ni Luna. Nada. En unos segundos se había hecho noche oscura. Con la escasa iluminación de la linterna vió a los árboles agitarse con la fuerza de un viento espontáneo. Casi perdió el equilibrio. Miró en dirección al vehículo y otra vez dentro. Más tarde se arrepentiría de no haberse marchado rápido de aquel lugar.

Tic-tac

sábado, 23 de enero de 2010


Gabriel estaba calentando aceite para hacer unas alitas de pollo.
Taciturno, hacía resumen de su vida. Amorosamente era un asco, no es de extrañar. Gabriel era feo y era consciente de ello. Un fracaso tras otro no lo habían inmunizado frente al rechazo. Cada vez miraba con más desconfianza a las mujeres. Esas criaturas con poder para hacer de tu día un río de lágrimas. Gabriel seguía siendo amable, sonreía, tenía detalles y escuchaba cuando le hablaban. Pero los expertos en marketing saben que todo se vende por la imagen. Y eso a Gabriel le fallaba y mucho.

Después de varias tandas de alitas, el suelo estaba lleno de aceite. El suelo, las paredes, el delantal y el reloj de la cocina con su "tic-tac" continuo. Cuando fue a por un vaso de agua, resbaló.
Es curioso, cuando te caes, el instinto te hace cogerte con fuerza a lo que sea, un asa, una servilleta o el mango de una sartén con aceite hirviendo.
Después de ser dado de alta en el hospital y de curar sus heridas, Gabriel quitó todos los espejos de la casa, además de cualquier cosa que pudiese reflejar su cara quemada y deformada. Pasaba los días llorando, no había tenido valor para volver al trabajo y ser el centro de lástima o burla de sus antiguos compañeros.
Sentía tal rechazo hacia si mismo que no se atrevía a salir a la calle. Dejó de comer y de beber, en su casa sólo se oía su llanto y el "tic-tac". Ya no frecuentaba el prostíbulo, no dejaba que nadie viese su rostro, todo eran miradas de curiosidad o grima. Qué asco de vida, que hastío de todo.

Se despertó con el "tic-tac" del reloj de la cocina, se hallaba en el suelo grasiento, boca arriba con la vista desenfocada. Se levantó despacio con la cabeza dolorida. Se oía el chisporroteo del aceite hirviendo, la cocina olía a humo de alitas quemadas.
Su cara estaba bien, sus rasgos faciales no habían desaparecido, tenía su vida anterior. Gabriel dio saltos de alegría, en su casa sólo se oían gritos de felicidad, el "tic-tac" del reloj de cocina y el chisporroteo del aceite más y más caliente que estaba salpicando en el suelo.
Es curioso, cuando te caes, el instinto te hace cogerte con fuerza a lo que sea, un asa, una servilleta...