El Puente de los Suspiros - Por Pau Moreno

viernes, 7 de junio de 2013

     Alzo la vista y ante mí se extiende el Puente de los Suspiros, aquel que conduce a los reos a su ejecución, aquel en el que se depositan los últimos suspiros y esperanzas de muchos hombres, el último paso de mi vida, la niebla lo rodea todo como un manto de blanco pesar. Observo mis manos y pies encadenados y un guardia de la Santa Inquisición me empuja para que siga avanzando, obedezco manteniendo la cabeza alta y sin ofrecer a este puente otro suspiro, aceptando mi muerte con valor.
   La chusma grita y me insulta, están apiñados alrededor de una tarima en la que me espera mi verdugo y su hacha, el cual me mira con el mismo desprecio que toda la gente. No me importa en absoluto que la ley me condene, ni que el gentío me abuchee, nada de eso me importa porque ella se encuentra también en la plaza y sus ojos, aunque llenos de lágrimas, me dicen que me ama, que no me reprocha nada y que no merezco este castigo porque soy un buen hombre. Le devuelvo una mirada llena de amor, en la que intento expresarle que siempre la querré y que lamento mucho abandonarla tan pronto. Ella capta mi mirada perfectamente y rompe en sollozos, apoyando su cabeza en el hombro de una mujer que permanece a su lado e intenta consolarla, nunca antes la había visto y oculta su rostro tras un antifaz de carnaval blanco y dorado.
   Sigo mi trayecto, todos me insultan y me llaman asesino, algunos incluso me escupen. Tal vez su opinión cambiase si supiesen toda la verdad, si supiesen el motivo por el que asesiné a ese cardenal tan importante. Sé de sobras que no soy un santo, ni tan siquiera un creyente, pero conozco muy bien la diferencia entre persona y monstruo, no me importa cuanto poder o dinero posea un hombre, jamás tiene derecho, por muy alto que sea su estatus en la sociedad o en la iglesia a hacer lo que hizo a esas niñas… lo que hizo a mi hija, era un monstruo y debía pagar. Le asesiné, pero antes le torturé y no me arrepiento, de hecho lamento que muriese tan pronto ya que no pude alargar su martirio. Reconozco que tengo suerte, la Inquisición se moría de ganas por ejecutar al culpable, así que no he tenido que padecer incontables horas de sufrimiento en sus cámaras de tortura y me darán una muerte rápida y pública para que cunda el ejemplo.
   Termino mi último paseo y me arrodillan ante el tocón de madera, observo a mi amada por última vez, ella graba mi rostro en su mente y aparta la mirada para no ver lo siguiente que acontecerá. La niebla se espesa cada vez más y dejo de ver al público, sólo puedo escucharles mientras el verdugo ata mis manos al suelo de la tarima y asegura mi cabeza en la madera. Oigo su hacha alzarse y al mismo tiempo una silueta oscura empieza a dibujarse en la niebla, no llego a distinguirla antes de que el filo baje a toda velocidad…
   Siento mi cuerpo ligero y libre de las cadenas, he sido capaz de oír el hacha golpear el tocón y lo que me pareció un grito desgarrado de mi mujer, pero ya no escucho nada, estoy arrodillado y veo mi cuerpo, translúcido, borroso, como si formase parte de la niebla que lo envuelve todo. Unos pasos me sacan de mi estupor, la silueta que no logré definir antes se presenta ante mí, es la mujer que ofrecía consuelo a mi viuda. Sus ojos se ven tristes a través del antifaz pero una sonrisa tranquilizadora está dibujada en su boca. Se acerca y toma mi rostro entre sus manos, son cálidas y suaves, al igual que sus labios que depositan un beso en mi frente. Susurra en mi oído que mi hija me está esperando y eso me confirma sin ninguna duda, que he muerto, me ayuda a levantarme, coge mi mano y me guía entre la niebla.
  No creo en el cielo ni en el infierno, pero vaya donde vaya estaré con mi hija y allí esperaré a mi esposa hasta que el destino decida reunirnos, te amo y siempre será así amor mío.

1 Comentarios:

jose luis de las muelas dijo...

Muy buen relato e interesante desgranamiento de la personalidad del protagonista que para conocerlo hace falta leerlo hasta el final.