El Asedio en el Angosto Pasadizo - Night Below

viernes, 26 de junio de 2026

 

El Asedio en el Angosto Pasadizo

Con la única y titilante luz de sus linternas proyectando sombras amenazantes que se retorcían en las paredes de piedra, los aventureros retrocedieron y tomaron el ramal norte de la bifurcación. Allí encontraron el cadáver del bandido maloliente que Duri había abatido horas antes. Al registrarlo, descubrieron que portaba un pasador de metal de una talla extraña y desconocida. Les resultó familiar al instante; el resto de los bandidos del primer nivel llevaban el mismo distintivo. Se lo guardaron y continuaron avanzando hacia el norte.



El suelo crujió. De la negrura del pasillo, cuatro zombis se levantaron pesadamente, arrastrando los pies. Eran lentos, pero implacables. Duri se plantó en seco y, con un golpe descendente de su hacha, partió al primero de ellos por la mitad. Isabela, alzando el símbolo sagrado de Saint Cuthbert, exhortó con voz atronadora a los muertos vivientes a abandonar aquel lugar. Su fe provocó que los cadáveres restantes vacilaran y retrocedieran, internándose en un pasillo sumamente estrecho y retorcido.

El grupo los persiguió, cometiendo un error táctico fatal en la penumbra. Iulia se adelantó por el angosto pasaje y apuñaló a uno de los zombis en el pecho; sin embargo, aquellas cáscaras vacías carecían de órganos internos, y lo que habría sido una puñalada mortal para un vivo no provocó más que un leve espasmo en el muerto. Al ver que el monstruo seguía avanzando, Iulia intentó retroceder, pero Isabela ya se encontraba justo detrás de ella en el embudo de piedra, bloqueando el paso.

La coordinación se rompió por completo entre gritos y órdenes contradictorias en la oscuridad. Isabela empujó a la mediana hacia atrás e intentó presentar batalla, pero el pasillo era tan angosto que apenas había espacio para levantar el mangual sin golpear las paredes. Detrás de ella, Duri bramaba de frustración, exigiendo a gritos que le dejaran paso para destrozar a las criaturas con su hacha, atrapado en la retaguardia de la fila.

Los zombis, ajenos al espacio y al dolor, aprovecharon la ventaja de su posición, asediando al grupo en aquel cuello de botella. La situación amenazó con convertirse en una masacre hasta que, mediante empujones y un repliegue desesperado, los aventureros lograron atraer a los muertos vivientes de vuelta a una zona más abierta de la caverna. Allí, sin las paredes entorpeciendo sus armas, los dos zombis restantes no fueron rival para la experiencia del grupo y fueron rápidamente desmembrados.

La Noche de Allá Abajo

Agotados, heridos y con los nervios a flor de piel, los compañeros accedieron finalmente a la última caverna del complejo. Para su sorpresa, se encontraron con una base de operaciones improvisada: restos de camastros y jergones de una calidad muy superior a los que habían visto hasta ahora en el resto de la mina. Al tocarlos, Isabela confirmó lo peor: los camastros habían sido abandonados hacía menos de una hora. El enemigo directo del complejo sabía que estaban allí y había huido.

La cueva parecía un callejón sin salida. No había más pasadizos visibles ni rastros de los ocupantes. Sin embargo, Dorian no se dio por vencido. Desplazando el haz de luz de su fanal de ojo de buey centímetro a centímetro por el extremo opuesto de la entrada, el mago descubrió una anomalía: un supuesto derrumbe de rocas que, examinado de cerca, dejaba un espacio artificial.

Retirando algunas piedras sueltas, descubrieron que se podía pasar de lado a través de una grieta oculta. Al cruzarla, los aventureros se toparon con un pasillo descendente, cuyas losas de piedra caliza estaban profundamente desgastadas por el paso de cientos, quizás miles de pisadas a lo largo de los años.

La inclinación era pronunciada y el aire comenzó a volverse más denso, cargado de un frío antiguo y absoluto. Aquel camino no conducía a la superficie, ni a las colinas conocidas. Los llevaba abajo. Muy abajo. Directo hacia la oscuridad imperecedera. Hacia la noche de allá abajo... hacia Night Below.

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