El Descenso al Segundo Nivel y el Hambre de las Profundidades
De entre las sombras rezumantes de la mina, el horror cobró rostros conocidos. Antes de que el grupo pudiera decidir su siguiente paso, el pasadizo escupió de nuevo al guerrero calvo, aquel formidable enemigo que ya había puesto a Velter al límite de sus fuerzas. Tras él, una falange de orcos avanzó con las lanzas al frente, cerrando las líneas. Pero el verdadero peligro no vestía acero, sino una capa de un azul eléctrico tan intenso que encogió el corazón del grupo; era idéntica a la de la desaparecida Jeleneth. Sin embargo, quien la portaba era Shilek: una sacerdotisa de Nerull, de piel mulata y espeso cabello negro rizado, cuyos ojos irradiaban la fría certeza de la tumba.
Shilek alzó sus manos, entonando una poderosa y vibrante plegaria al Dios de la Muerte. Dorian, reaccionando por puro instinto, alzó su varita de Rociada de Color, desatando un abanico de luces cegadoras. Pero la magia de la herética era fuerte; Shilek desvió la energía mística con un gesto impío, redirigiéndola hacia Duri. El enano quedó congelado en el sitio, con los ojos abiertos y la mente sepultada en una prisión invisible. Acto seguido, la sacerdotisa soltó un grito; una voz que parecía ascender directamente de los infiernos. El terror arcano fluyó por el túnel y rompió la voluntad de Iulia. La pícara mediana, incapaz de contener el pánico, dio media vuelta y huyó despavorida hacia la oscuridad.
Se desató entonces un duelo de fe absoluta. Isabela avanzó, interponiéndose entre los heridos y la sierva del segador. Ambas sacerdotisas se encararon, intentando paralizarse mutuamente con la mirada y la invocación de sus deidades. Shilek blandió una hoz mágica que silbaba en el aire oscuro, rebanando el metal y la carne con la facilidad de la mantequilla, mientras Isabela respondía con la contundencia de su mangual sagrado, buscando romper los huesos de la apóstata.
La resistencia del grupo flaqueó, pero no se quebró. Duri, haciendo gala de una voluntad de hierro, logró romper las cadenas mentales que lo apresaban y, con un rugido de rabia, se reincorporó al combate. Al mismo tiempo, Iulia, libre ya del influjo del miedo, regresó desde las sombras protegida por la retaguardia de sus compañeros. Entre todos, acorralaron a la esbirra de Nerull. El acero y la furia sagrada cayeron sobre ella hasta dejarla inerte en el suelo de piedra. Con manos firmes pero solemnes, despojaron el cadáver de la capa azul. Quizás para devolvérsela a los padres de Jeleneth como un amargo consuelo, o quizás simplemente para limpiar el honor de una prenda que aquella impía criatura no merecía vestir.
La Laguna Inundada
El grupo reanudó la marcha, tragado por una oscuridad solo rota por sus propias luces, hasta que Duri alzó la mano y detuvo la columna. Frente a ellos, un pozo inestable perforaba el suelo, revelando que la mina poseía un segundo nivel inferior. El techo estaba toscamente apuntalado y la humedad de las paredes se colaba por la abertura antigua, dejando caer gotas que resonaban como metrónomos en el silencio. Uno a uno, con extrema precaución, descendieron.
Este segundo nivel parecía más transitado; lámparas de aceite humeaban en las paredes cada quince metros. A la izquierda, inspeccionaron una caseta de madera que debió servir de campamento para los bandidos, ahora desierta. Siguieron avanzando hasta el final de la caverna, donde el camino moría en una laguna subterránea de aguas negras y estancadas. Allí, bajo la superficie, Velter divisó un destello inconfundible de oro. El explorador se acercó a la orilla, pero antes de que pudiera reaccionar, el agua estalló.
Una anguila albina gigante, una aberración ciega de las profundidades, saltó a la superficie. Sus mandíbulas erizadas de dientes se cerraron en torno a Velter, arrastrándolo sin esfuerzo hacia el fondo del pozo.
—¡Velter! —gritó Dorian.
El mago reaccionó en el aire. Mientras la bestia se zambullía, Dorian desató sus Proyectiles Mágicos. Los dardos de fuerza impactaron en el grueso y pálido lomo de la anguila, pero el monstruo apenas pareció notar el castigo. Sin dudarlo, Duri se lanzó al agua tras ellos.
La negrura bajo la superficie era absoluta, un abismo líquido donde Dorian intentó ayudar desde la orilla usando su varita de Rociada de Color para cegar a la criatura. Sin embargo, fue Duri quien salvó la situación. Gracias a su visión en la penumbra, el enano localizó la silueta de la bestia. Ignorando los brutales coletazos que lo golpeaban y amenazaban con romperle las costillas, Duri descargó su hacha una y otra vez bajo el agua, tiñendo la laguna de una densa sangre espumosa. Con un último impacto, la anguila quedó inerte.
Velter yacía atrapado entre las fauces del monstruo, ahogándose y desangrándose a gran velocidad. Duri, en un esfuerzo sobrehumano bajo el agua, logró apalancar y abrir las mandíbulas de la bestia muerta para liberar a su amigo. Entre todos arrastraron el cuerpo del explorador a la orilla. No respiraba. Solo la intervención desesperada de Isabela, que imploró los favores de Saint Cuthbert, logró devolver el aire a los pulmones de Velter. El rastreador sobrevivió, pero quedó postrado, incapaz de moverse por sí mismo.
Conscientes de su vulnerabilidad, montaron trampas perimetrales y se atrincheraron en la caseta de los bandidos para descansar. Durante el segundo turno de guardia, las botas de velocidad de Duri demostraron su valor una vez más. El enano divisó a un bandido rezagado husmeando en el pasillo. Duri salió tras él como un exhalación. A mitad del corredor, un olor corporal insoportable y nauseabundo delató la habitación del fugitivo: una caseta apartada donde el apestoso bandido vivía aislado, ya que nadie toleraba compartir habitáculo con él. Tras un breve y brutal intercambio de acero, Duri le dio muerte. Sin embargo, al explorar más allá del pasillo, el enano vio con horror cómo varios muertos vivientes comenzaban a alzarse de las sombras. Retrocedió en silencio, comprobó que no lo seguían y despertó a Dorian para relevar el turno.
Al amanecer, la realidad los golpeó con dureza. Isabela cambió los vendajes de los heridos, descubriendo que la herida de Velter había desarrollado una infección agresiva y purulenta que habría sido mortal sin su magia curativa. Duri, por su parte, tampoco había mejorado. A pesar de su salud de hierro, el frío del combate acuático y la persistente humedad de la mina habían hecho mella en sus músculos heridos.




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