Piedra, sangre y fuego - Night Below

sábado, 11 de julio de 2026

 

El Filtro de la Muerte

El aire de la Infraoscuridad, espeso y viciado, se tiñó con el olor acre de la sangre fresca. En el epicentro de la emboscada, Iulia se movía como una prolongación de las mismas sombras. Cumplió su promesa a medias: dejó a Isabela con una sola correa de la coraza ajustada a marchas forzadas, pero no había tiempo para sutilezas. A escasos metros, Dorian se encontraba a las puertas de la muerte, acorralado por el aliento putrefacto de un orco.

La mediana no avisó; simplemente apareció a la espalda del agresor. Con precisión quirúrgica, hundió su daga en el flanco del pielverde, atravesándole el riñón de un solo tajo limpio. El orco se desplomó como un fardo de lona, con los ojos desorbitados por una agonía muda. Cuando Dorian parpadeó, aún conmocionado y sin comprender el milagro de seguir vivo, la pícara ya se había evaporado de su campo de visión.

A corta distancia, la violencia no daba tregua. Un segundo enemigo intentó flanquear a Velter aprovechando su desprotección. El explorador, haciendo gala de ese sexto sentido que solo poseen los que cazan en los confines del mundo, no necesitó mirar: se dejó caer ligeramente y, de espaldas, le propinó una zancadilla brutal. Mientras el atacante mordía el polvo, Velter aprovechó el impulso para arremeter con todo el peso de su acero contra un tercer orco que descendía por el norte. La hoja entró profunda, y la criatura cayó al suelo como un saco de arena. El que había sido derribado por la zancadilla apenas tuvo tiempo de ponerse en pie; al recuperar la verticalidad, lo último que vio fue el destello de la espada corta de Velter segándole la garganta.

Un silencio tenso, roto únicamente por las respiraciones jadeantes de los héroes, se apoderó de la galería. No quedaban enemigos en pie a su alrededor, pero la tregua era un espejismo. Desde la sección norte del túnel, un eco sordo de pasos apresurados anunció que la marea de la Calavera Sangrienta no se había agotado. Duri, plantando las botas en la piedra, alzó su hacha runas arriba y aguardó.


La Carnicería en la Repisa

El primer orco en rebasar el recodo apareció cargando con una furia ciega, apuntando directamente al cuello de Velter. Duri no permitió que tocara al explorador: con un movimiento semicircular de su hacha de batalla, amputó la pierna de la criatura a la altura de la rodilla, interrumpiendo la carga en una lluvia de sangre. Inmediatamente, un segundo pielverde se arrojó sobre el enano blandiendo una pesada hacha de mano. Duri, con la astucia veterana de su raza, esquivó el golpe utilizando el propio cuerpo del orco mutilado como un macabro escudo biológico, amortiguando el impacto en la carne agonizante de su enemigo.

Un tercer asaltante esquivó la melé de la vanguardia y enfiló su carrera hacia Dorian. Sin embargo, su trayectoria se vio interrumpida por el bulto más insospechado. Iulia se cruzó en su camino con la ligereza de un espectro; el orco, incapaz de frenar, la arrolló por completo. El impacto los mandó a ambos al suelo en una maraña de miembros y maldiciones de la que la mediana intentaba zafarse.

Velter, libre al fin de amenazas directas, detectó el flanco expuesto del orco que forcejeaba con Duri. Con una estocada precisa y brutal, atravesó el abdomen de la criatura de lado a lado. Sin detenerse a extraer el acero, el semielfo continuó corriendo en diagonal hasta plantarse al lado del pielverde que mantenía a Iulia aplastada contra el suelo.

Aquel orco logró reincorporarse con rapidez, pero al hacerlo cometió un error fatal: darle la espalda al enano. Duri cargó como un poseso, acumulando el odio de generaciones en sus piernas cortas, saltó con el arma en alto y descargó un golpe vertical que partió el cráneo de la criatura antes de que esta alcanzara a registrar la amenaza. El último de la patrulla cayó sin saber de dónde había venido la muerte.



Costuras e Insinuaciones

Con el peligro inmediato sofocado en la galería, Isabela pudo finalmente terminar de abrochar los cierres de su armadura. Sus manos, expertas tanto en el manejo del mayal como en el alivio del dolor, comenzaron a restañar los daños. Utilizando las pocas vendas limpias que conservaban en los petates, la clériga de Saint Cuthbert aplicó torniquetes y apósitos a las laceraciones de sus compañeros y a las suyas propias, estabilizando las heridas abiertas.

El registro de los caídos arrojó un botín modesto pero vital en su situación: algunos anillos de oro deslucido, pendientes de plata basta y un puñado de monedas de curso legal entre los pueblos fronterizos. Aquella chatarra, estimaron, sería suficiente para sufragar una semana entera de asilo, baños calientes y comida decente en cualquier posada del exterior. Con pragmatismo subterráneo, Velter e Iulia despojaron a los cadáveres de sus túnicas y ropajes toscos. La intención era clara: hervir las telas en el próximo campamento para desinfectarlas y transformarlas en un suministro renovado de vendas, un recurso escaso en el subsuelo.

Mientras recogían el equipo, Dorian, con los ojos fijos en la disposición militar de los orcos, lanzó una teoría al aire:

—Actúan con una sincronización antinatural. Casi diría que operan bajo una suerte de mente colmena, respondiendo a un impulso único.

Isabela se detuvo en seco, clavándole una mirada cargada de suspicacia y severidad doctrinal.

—¿Dónde has escuchado tú unos términos tan sospechosos, mago? —inquirió la clériga, estrechando los ojos—. Esas nociones huelen a textos prohibidos por la Iglesia.

Dorian, acomodándose la túnica con un gesto altivo, replicó con desdén:

—Para entender el mundo exterior, mi querida Isabela, hay que dedicar menos tiempo a las oraciones y más a los libros. Estudiar, se llama.

Velter, detectando la chispa del conflicto, dio un paso al frente intentando mediar entre la fe y la academia. Sin embargo, Isabela lo cortó antes de que pudiera pronunciar palabra, con una voz gélida:

—Apártate, explorador. Estamos hablando los mayores.

El semielfo guardó silencio un instante, apretó los dientes y dio media vuelta, mandándolos a la mierda entre dientes mientras se unía a Duri en la vanguardia.



La Encrucijada de la Infraoscuridad

El grupo se reunió ante la bifurcación para determinar el rumbo. Duri, consultando su conocimiento de las raíces del mundo, expuso las opciones: el túnel del sur conducía a un sector indeterminado entre los asentamientos de Milborne y el espeso Bosqueespino; por su parte, la galería del este se prolongaba en una línea recta que, tras dos jornadas de marcha ininterrumpida, los dejaría en las inmediaciones de Thurmaster.

Dorian defendió con vehemencia la opción meridional:

—El sur nos garantiza una vía de escape hacia la superficie. Estoy convencido de que todos estos pasadizos confluyen en las viejas minas Cartman. Desde el principio he sostenido que el juez Cartman está detrás de la anexión ilegal de las tierras inundadas en la Nueva Ciénaga. No olvidéis que uno de los primeros asaltantes que interceptamos en la superficie tenía marcas de haber trabajado en esos pozos.

Para verificar las hipótesis, Velter y Duri avanzaron unos metros por ambas galerías. El enano, consciente de la animadversión casi patológica que el semielfo procesaba hacia los pielesverdes, prefirió quedarse un paso atrás, permitiendo que el rastreador llevara la iniciativa para "supervisar su aprendizaje" con condescendencia veterana. Velter, mientras escudriñaba el suelo calcáreo bajo la luz de la lámpara de aceite que Dorian acababa de cebar, masculló una queja sorda: el trabajo cooperativo no era una virtud del enano, que parecía más empeñado en fiscalizar que en ayudar.

El peritaje del explorador fue concluyente: el ramal sur presentaba piedras desplazadas de forma natural y escasos indicios de paso reciente; estaba poco transitado. El ramal este, por el contrario, mostraba una densa amalgama de huellas y despojos de comida orca. La decisión inicial fue seguir el rastro principal hacia el este.

Caminaron durante tres horas por una galería que ascendía sutilmente. Duri, examinando la inclinación de las paredes, los detuvo para corregir el rumbo: el túnel había virado de forma natural y ahora los transportaba directamente hacia el sur, apuntando al corazón de Bosqueespino. En ese entorno subterráneo, el avance requería minuciosidad: debían explorar cada ramificación lateral para descartar las vías muertas o los pasos demasiado angostos para el grupo.

A medida que avanzaban, el pasadizo comenzó a ensancharse significativamente. Las paredes mostraban rastros de musgo fosforescente arrancado a jirones y mordisqueado. Poco después, un aleteo rítmico y veloz reverberó en las alturas de la bóveda, perdiéndose en la oscuridad antes de que pudieran identificar su origen.

El Acechador del Techo

Dos horas más tarde, el cansancio acumulado hizo que Iulia se rezagara unos metros de la formación principal para atender una necesidad biológica entre unos peñascos. Fue en ese instante de vulnerabilidad cuando una sombra se desprendió del techo con la velocidad de un halcón.

La criatura erró el cálculo inicial debido a la angostura del rincón y se estrelló contra la roca viva, rebotando directamente sobre la mediana. Iulia se vio sepultada bajo una masa de membranas correosas y pelaje rancio. Era un murciélago gigante, una aberración de metro y medio de envergadura con un morro chato y colmillos del tamaño de dagas que buscaban su garganta. Aunque la pícara carecía de voz para articular palabras debido a su mudez, un chillido gutural y desesperado, un estertor de puro pánico físico, escapó de su garganta mientras empleaba sus manos para mantener las fauces de la bestia alejadas de su rostro.

Los reflejos del grupo evitaron la tragedia. Al acudir al reducto, Velter y Duri observaron al monstruo huir con rapidez. El enano sentenció con gravedad:

—Un bebedor de sangre. Estas alimañas siempre buscan a las crías o a las presas más pequeñas del rebaño para vaciarlas con facilidad. La mediana era el blanco perfecto en mitad de la noche.

La escaramuza forzó una reorganización táctica de la marcha. Acordaron que Dorian abriría la vanguardia portando su fanal, cuya lente proyectaba un haz de luz más nítido y lejano que el de una antorcha común, mientras que el rezagado de la fila portaría una tea de resina para cubrir las espaldas del grupo contra los ataques descendentes.

Consejos y Votaciones

Tras varias horas de marcha monótona, Duri se detuvo frente a una nueva intersección de fallas geológicas. Extendiendo mentalmente el mapa de Haranshire sobre la piedra, ofreció un diagnóstico de su posición: se encontraban en el punto medio exacto entre las explotaciones de Cartman, las lindes de Bosqueespino y el espeso Bosque de Maderadura.

—Si persistimos hacia el sur —explicó el enano—, saldremos a Bosqueespino. Es el territorio donde Kuiper ha estado siguiendo las incursiones de la Calavera Sangrienta con la ayuda de Maxim, el cambiapieles oso. Es el camino que prefiere el mago, pues nos garantiza aire libre y un descanso real.

Isabela, tratando de aclarar la geografía política de la superficie, intervino:

—¿Qué diferencia hay con los otros sectores?

Velter tomó la palabra para ilustrarla:

—Los orcos que nos acosan aquí abajo pertenecen a la Calavera Sangrienta; no tienen relación con las tribus del norte que habitan el Bosque de Maderadura. En ese bosque septentrional también hay asentamientos de hobgoblins, pero por lo general mantienen sus disputas lejos de los caminos.

—¿Y respecto al Bosque Encantado? —inquiriío la sacerdotisa.

—De allí surgieron las abominaciones gigantes que masacraron a los colonos en la Ciénaga del Aullador —respondió el explorador con gravedad—. Antes de caer, la druida Hilda reportó haber avistado un gamo sagrado en sus inmediaciones, un presagio de que algo se está agitando en el equilibrio de la región.

Iulia interrumpió la deliberación utilizando un rápido lenguaje de signos que Isabela tradujo: "A los orcos les fascina excavar y profundizar; no descartéis que sus bases principales provengan del Bosque de Maderadura, al norte".

Velter, mirando hacia la galería que se abría a su izquierda, insistió:

—Aún no hemos explorado el este. Es territorio virgen para nosotros y para cualquiera de las expediciones que nos precedieron.

Dorian, con una sonrisa socarrona, aprovechó para lanzar una pulla:

—Teniendo en cuenta que nuestro querido explorador pasa la mitad del tiempo al borde de la tumba, cada vez que toma la iniciativa, sugiero que el sentido común nos dicta elegir exactamente el camino opuesto al que él propone.

Velter encajó la mofa con una mueca que derivó en una sonrisa tensa.

—Hablando en serio —reanudó Dorian—, si exploramos los túneles del sur y hallamos el ramal que conecta directamente con Milborne, tendremos la prueba definitiva para desmantelar las maniobras del juez Cartman. Es una oportunidad política y estratégica que no podemos ignorar.

Ante la falta de consenso, Duri decretó que se resolvería por votación. Isabela, Iulia y Velter alzaron la mano a favor de mantener el rumbo hacia el este, mientras que Dorian y el propio Duri mantuvieron su postura de descender al sur. Con una mayoría de tres contra dos, el grupo enfiló la galería oriental.

La Luz del Desfiladero

El túnel del este abandonó la horizontalidad y comenzó a empinarse en una rampa constante de piedra suelta. Para alivio de los aventureros, la estructura de la falla era regular y compacta, lo que les evitó tener que desviarse para comprobar vías muertas o callejones sin salida. Tras dos horas de ascenso continuado, un cambio sutil pero inequívoco en la densidad del aire los hizo detenerse: una brisa ligera, con aroma a tierra húmeda y vegetación, se colaba desde el frente.

Al doblar el último recodo, el grupo emergió a la superficie. Se encontraron en un saliente rocoso e inclinado que dominaba la ladera de un desfiladero profundo. El fondo del valle estaba cubierto por un manto denso de zarzas, matorrales espinosos y arbustos achaparrados. El sol de la tarde comenzaba su declive; debían de ser cerca de las cinco.

Cerca de la boca de la caverna, la piedra mostraba marcas de paso antiguo, pero la naturaleza del suelo, cubierto de lascas sueltas, dificultaba la lectura de rastros frescos. Velter se ajustó el equipo y se dispuso a realizar un rastreo perimetral, alejándose de la entrada si era necesario para encontrar una pista clara. Dorian, apoyado en la roca con los brazos cruzados, adoptó una postura pasivo-agresiva:

—Adelante, que los que votaron por este idílico paseo tomen las riendas. Divertíos buscando huellas en la maleza. Yo me quedo aquí.

Iulia decidió permanecer junto al mago para asegurar la retaguardia de la cueva. Dorian asintió, conforme con la compañía de la mediana; si la noche caía antes del regreso de los exploradores, la infravisión de la pícara sería su mejor defensa.

El Monolito Olvidado

Isabela optó por unirse a Velter y Duri en el batido del terreno. Tras descender unos metros por la pendiente pedregosa, los indicios desperdigados comenzaron a confluir hacia una estructura que rompía la monotonía del paisaje: un monolito de piedra de dos metros de altura, semioculto y devorado por las enredaderas y la maleza del desfiladero. Al aproximarse, Isabela experimentó una súbita vibración espiritual, un cosquilleo en la nuca que, aunque extraño, no portaba la impronta de la maldad o la profanación.

Velter, precavido, utilizó una rama larga para apartar el follaje de la base sin tocar la piedra directamente. Sus sospechas se confirmaron al descubrir, bajo el manto verde, no solo huellas pesadas de botas orcas, sino también marcas de calzado civil o de viaje. Al alzar la vista hacia la copa de los pinos raquíticos que flanqueaban el monumento, el explorador sintió un escalofrío: de las ramas colgaban pequeños amuletos trenzados con palos y tendones, con formas geométricas familiares y perturbadoras.

—Esto es un reducto ritual —comentó Velter en voz baja, volviéndose hacia sus compañeros—. No sé si es prudente que toquemos nada aquí.

Isabela, impulsada por su deber sagrado, se acercó para limpiar la hiedra seca en busca de alguna inscripción sacra, mientras Duri examinaba la sillería por si descubría trazas de cantería enana. Al retirar la maleza, el contorno reveló un obelisco perfecto. Grabadas en la roca viva, una serie de runas antiguas desafiaban el paso del tiempo. Ni Velter ni Isabela, pese a sus viajes, lograron descifrar los caracteres. Fue el enano, cuya longevidad le otorgaba una perspectiva histórica más amplia, quien reconoció la grafía:

—Son caracteres flaenios —sentenció Duri, pasando los dedos toscos por los surcos—. El idioma del pueblo que hollaba este continente mucho antes de que nuestras naciones levantaran sus primeras empalizadas. No es magia negra, muchachos. Mi sentido común me dice que son marcas de protección, un altar de la Vieja Fe, similar al misticismo que profesan los círculos druídicos. Un lugar para dejar ofrendas a la tierra y pedir paso seguro.



Fauces en la Maleza

Mientras tanto, en el saliente de la cueva, la vigilia de Dorian e Iulia se vio interrumpida. El mago, cuya mirada recorría las terrazas superiores del desfiladero, detectó un movimiento fluido entre los matorrales. Las siluetas de varias criaturas cuadrúpedas, se recortaron contra el cielo de la tarde. Eran ejemplares de una raza cánida asilvestrada que Dorian no había catalogado en la región.

—Iulia, tenemos compañía —susurró el mago, tensando los músculos—. Cuenta las sombras.

La mediana señaló con los dedos de forma sutil: cinco cánidos en total, moviéndose en círculo para cortarles la retirada.

—Enciende una antorcha, rápido —ordenó Dorian mientras extraía su ballesta de mano—. Eso los ahuyentará.

Iulia, en lugar de buscar la resina, extrajo su tirachinas de la faja con una sonrisa fría. El mago asintió, aprobando el recurso. Dorian encaró su ballesta y disparó, pero el virote se desvió, perdiéndose inofensivamente entre el espeso follaje que cubría a las bestias. La mediana fue más certera: tensó el cuero y liberó una pedrada que impactó de lleno en la frente del perro que lideraba la aproximación. El animal cayó a plomo, con el cráneo fracturado.

Lejos de amedrentarse por la baja, los cuatro cánidos restantes entraron en un frenesí de rabia. Con los belfos espumosos y gruñidos sordos, se arrojaron ladera abajo. El primero en alcanzar la plataforma saltó directamente hacia el rostro de Iulia, pero Dorian reaccionó a tiempo: canalizando su energía arcana, liberó una salva de proyectiles mágicos que impactaron en el pecho del animal en mitad del aire, desviando su trayectoria y salvando a la pícara de la acometida.

Sin embargo, el peligro emergió por el flanco oeste. Un segundo perro saltó sobre el mago desde un risco superior. Dorian, por puro instinto, logró interponer sus manos y aferrar a la bestia por el pescuezo en pleno vuelo, utilizando su peso para proyectarla colina abajo, hacia el desfiladero. Pero no hubo tiempo para celebrar: un tercer cánido hizo presa en su brazo izquierdo. Los colmillos perforaron la túnica y la carne, desgarrando los tendones y provocando una hemorragia profunda que comenzó a empapar el suelo polvoriento.

Un cuarto espécimen arremetió contra Iulia. La pícara, demostrando una agilidad asombrosa, utilizó el propio cadáver del primer perro derribado como un parapeto improvisado, rodando entre las zarzas para restar ángulo de ataque a la bestia. En cuanto logró zafarse de la presión inmediata, corrió hacia la posición del mago. Dorian se encontraba en el suelo, debilitado por la pérdida de sangre, empleando sus últimas fuerzas en mantener las fauces del perro que lo retenía alejadas de su yugular.

Iulia se arrojó sobre el agresor con su daga, apuñalándolo repetidamente en el lomo. El animal no la había visto venir, y aunque las heridas no fueron mortales de necesidad, la distracción fue suficiente para que aflojara la presión sobre el brazo del mago. Dorian, viendo el cielo abrirse y sintiendo que sus fuerzas se desvanecían, juntó los pulgares de sus manos ensangrentadas y comenzó a entonar las sílabas de poder del fuego elemental.

Iulia, que conocía los efectos secundarios de la magia de su compañero, se arrojó de cabeza hacia el interior de la maleza densa. Una llamarada cónica de manos ardientes brotó de las palmas de Dorian, barriendo la plataforma con un rugido ensordecedor. Los dos perros que se cebaban con él quedaron envueltos en el fuego mágico, muriendo achicharrados en el acto. El último de los cánidos, que observaba la escena desde un saliente superior, soltó un aullido de terror al ver el fuego y huyó despavorido hacia la espesura del valle.



Los Ojos del Bosque

El estrépito de la conflagración y los alaridos de los animales resonaron en todo el desfiladero, alertando al grupo del monolito. Velter, Duri e Isabela ascendieron a la carrera, llegando a la plataforma justo a tiempo para ver las últimas volutas de humo negro y la silueta del cánido superviviente perdiéndose entre los pinos.

Isabela se arrojó de rodillas junto a Dorian, cuyo rostro presentaba una palidez alarmante debido a la hemorragia. Alzando su símbolo sagrado, invocó la gracia de Saint Cuthbert. Una luz templada y reconfortante emanó de sus manos, cerrando los desgarros del brazo del mago y devolviendo el color a sus mejillas. No obstante, la clériga no descuidó la medicina tradicional: con destreza, confeccionó un cabestrillo firme con jirones de tela para inmovilizar la extremidad lacerada y asegurar que los tendones soldaran de forma adecuada durante las próximas horas. Una vez estabilizado, los defensores de la cueva relataron el encuentro y los exploradores compartieron el hallazgo del obelisco flaenio.

Con el crepúsculo tiñendo el valle de tonos purpúreos y la certeza de que el monolito constituía un terreno consagrado y protegido por la Vieja Fe, el grupo decidió establecer el campamento en sus inmediaciones para pasar la noche bajo su amparo espiritual.

Mientras las sombras se alargaban, Iulia e Isabela se encargaron de asegurar el suministro de agua de un pequeño arroyo cercano. Montaron una fogata pequeña y comenzaron a hervir los toscos ropajes requisados a los orcos muertos en la Infraoscuridad, lavando la sangre y la mugre para transformarlos en apósitos utilizables. Fue Iulia quien detectó el crujido primero.

Al alzar la vista entre el espeso entramado de zarzas y matorrales que bordeaba el riachuelo, las dos mujeres se tensaron. Una silueta cubierta por una armadura de cuero tachonado y metal deslucido las observaba. Detrás de ella, emergió la figura de una mujer de la misma especie que estrechaba a una cría entre sus brazos, flanqueada por dos sombras más que guardaban la retaguardia entre los troncos.

Eran hobgoblins. Sus rostros de rasgos simiescos, cubiertos por un pelaje ralo y rojizo, no mostraban la ferocidad descontrolada de los siervos de la Calavera Sangrienta. El guerrero de la vanguardia alzó un puño cerrado, una señal militar precisa destinada a su compañera para que permaneciera inmóvil y al abrigo de los árboles.

El hobgoblin dio un paso firme hacia el claro, asiendo el pomo de su arma pero sin desenvainar. Fijó sus ojos amarillentos en Iulia y en la clériga, abrió las fauces mostrando sus colmillos rombos y se dispuso a romper el silencio de la tarde.

Los Ojos del Bosque

El estrépito de la conflagración y los alaridos de los animales resonaron en todo el desfiladero, alertando al grupo del monolito. Velter, Duri e Isabela ascendieron a la carrera, llegando a la plataforma justo a tiempo para ver las últimas volutas de humo negro y la silueta del cánido superviviente perdiéndose entre los pinos.

Isabela se arrojó de rodillas junto a Dorian, cuyo rostro presentaba una palidez alarmante debido a la hemorragia. Alzando su símbolo sagrado, invocó la gracia de Saint Cuthbert. Una luz templada y reconfortante emanó de sus manos, cerrando los desgarros del brazo del mago y devolviendo el color a sus mejillas. No obstante, la clériga no descuidó la medicina tradicional: con destreza, confeccionó un cabestrillo firme con jirones de tela para inmovilizar la extremidad lacerada y asegurar que los tendones soldaran de forma adecuada durante las próximas horas. Una vez estabilizado, los defensores de la cueva relataron el encuentro y los exploradores compartieron el hallazgo del obelisco flaenio.

Con el crepúsculo tiñendo el valle de tonos purpúreos y la certeza de que el monolito constituía un terreno consagrado y protegido por la Vieja Fe, el grupo decidió establecer el campamento en sus inmediaciones para pasar la noche bajo su amparo espiritual.

Mientras las sombras se alargaban, Iulia e Isabela se encargaron de asegurar el suministro de agua de un pequeño arroyo cercano. Montaron una fogata pequeña y comenzaron a hervir los toscos ropajes requisados a los orcos muertos en la Infraoscuridad, lavando la sangre y la mugre para transformarlos en apósitos utilizables. Fue Iulia quien detectó el crujido primero.

Al alzar la vista entre el espeso entramado de zarzas y matorrales que bordeaba el riachuelo, las dos mujeres se tensaron. Una silueta cubierta por una armadura de cuero tachonado y metal deslucido las observaba. Detrás de ella, emergió la figura de una mujer de la misma especie que estrechaba a una cría entre sus brazos, flanqueada por dos sombras más que guardaban la retaguardia entre los troncos.

Eran hobgoblins. Sus rostros de rasgos simiescos, cubiertos por un pelaje ralo y rojizo, no mostraban la ferocidad descontrolada de los siervos de la Calavera Sangrienta. El guerrero de la vanguardia alzó un puño cerrado, una señal militar precisa destinada a su compañera para que permaneciera inmóvil y al abrigo de los árboles.

El hobgoblin dio un paso firme hacia el claro, asiendo el pomo de su arma pero sin desenvainar. Fijó sus ojos amarillentos en Iulia y en la clériga, abrió las fauces mostrando sus colmillos rombos y se dispuso a romper el silencio de la tarde.



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