El Vértice del Abismo - Night Below

miércoles, 1 de julio de 2026


El Descenso Inaudito


Las escaleras talladas en las entrañas del mundo no daban la bienvenida; eran una herida abierta en la piedra, negra y hambrienta. Los aventureros iniciaron el descenso con la constante sospecha de que los peldaños, toscos y desgastados por el paso de incontables pies involuntarios, nunca llegarían a su fin. Sin embargo, la pendiente terminó por estabilizarse, dando paso a una galería que se ensanchaba hacia una penumbra ligeramente distinta. De las grietas de la roca comenzó a brotar una sutil alfombra de musgo y setas luminiscentes. Aquel fulgor espectral, mortecino y de un azul enfermizo, apenas alcanzaba a guiar los pasos de la vanguardia, pero en la mente de todos flotó el mismo pensamiento: debió de ser el único y amargo consuelo para los prisioneros que fueron arrastrados encadenados por este mismo corredor hacia el olvido de las profundidades.

El grupo devoró el camino en silencio durante hora y media. La humedad se les colaba bajo las ropas y el eco del goteo subterráneo distorsionaba las distancias. Duri, cuya naturaleza enana le permitía leer la piedra como un mapa abierto, examinó las vetas de mineral y las fracturas del techo. Sopesó la inclinación y dedujo que se encontraban atrapados en el angosto espacio que separaba las viejas explotaciones mineras de Cartman y Garstone.

El pasadizo murió en una bifurcación que abría dos opciones: el sur o el este. Mientras Isabela y Dorian buscaban un rincón defendible entre los riscos para organizar un campamento y engañar al estómago con raciones secas, Duri y Velter se deslizaron hacia el frente para asegurar el perímetro.

El Precio de un Descuido

Velter avanzó por una de las galerías laterales. El semielfo aguzó el oído; el odio que profesaba hacia los orcos era una brújula biológica que rara vez fallaba. No tardó en encontrar la confirmación: sobre una roca plana yacían los restos mohosos de las hojas vegetales que aquellas criaturas utilizaban para envolver sus raciones de carne rancia. Con el pulso acelerado, el explorador continuó el rastro en diagonal descendente. Unos cincuenta metros más adelante, agazapado tras un saliente, sus ojos divisaron las siluetas de una patrulla enemiga. Cuatro orcos, fuertemente armados.

Velter inició el repliegue con cautela, pero la Infraoscuridad castiga el menor error. Al retroceder, la bota del semielfo golpeó una lasca de piedra suelta. El sonido del guijarro tintineando ladera abajo resonó en la bóveda como un cañonazo.

Abajo, las siluetas se tensaron. El siseo de las flechas cortando el aire no se hizo esperar. Velter corrió, zigzagueando entre los pilares de piedra mientras los proyectiles repicaban a sus espaldas, y alcanzó la posición de sus compañeros con el aviso de combate en los labios.

Los orcos no cargaron a ciegas; conocían el terreno. Avanzaron utilizando los puntos ciegos y la cobertura natural que ofrecían las columnas de la caverna, convirtiéndose en sombras esquivas. Los héroes respondieron con fuego de cobertura, pero las distancias y la falta de luz jugaban en su contra. Los virotes y las pocas flechas que quedaban se perdían en la nada. En pocos minutos, la aljaba de Velter quedó vacía.

Isabela, alzando su símbolo sagrado, intentó canalizar el poder de Saint Cuthbert para congelar las piernas del líder de la patrulla, pero el orco apenas se expuso un pestañeo entre los pilares. La plegaria de la clériga se disipó sin encontrar su objetivo.

El Vértice del Abismo

Velter, desenvainando el acero, se plantó en un cambio de rasante del túnel, dispuesto a frenar la acometida. Pero el primer orco apareció con una velocidad endiablada. Desprovisto de armas, el pielverde se arrojó con el único propósito de usar el peso de su cuerpo. El impacto fue brutal. El explorador perdió el equilibrio y cayó de espaldas hacia el vacío que bordeaba el camino.

Dorian ahogó un grito, temiendo el eco del cuerpo de su amigo rompiéndose contra el fondo, pero Velter, por puro instinto de supervivencia, logró enganchar los dedos en una ranura de la roca a mitad de la caída. Quedó colgado, balanceándose sobre la negrura, con los músculos al límite del desgarro.

Al ver caer a su compañero, Duri entró en un estado de trance guerrero. Con un rugido que acalló los gritos de los orcos, el enano acortó la distancia y descargó su hacha en un arco descendente que partió al agresor antes de que pudiera celebrar su victoria. Un segundo enemigo cargó de inmediato contra Duri. Desde la retaguardia, Dorian intentó salvar la situación disparando su ballesta, pero el virote se desvió y chocó con un metálico clank contra la espaldera del enano. Duri giró la cabeza lo justo para clavarle al mago una mirada cargada de promesas de violencia; no era la primera vez que la puntería de Dorian casi le costaba la vida.

El orco trabado con el enano hundió las manos en su armadura, empujándolo hacia el desfiladero. Duri, lejos de oponer resistencia, aprovechó la inercia del enemigo. Flexionó las rodillas, se dejó caer sobre su propia espalda y plantó la bota en el estómago del pielverde, proyectándolo por encima de él en una maniobra limpia. El grito del orco se fue apagando a medida que se hundía en el abismo.

La segunda línea se convirtió en un cuello de botella. Dos orcos más emergieron de la pendiente y arremetieron contra Isabela. Uno de ellos descargó su lanza con tal violencia que el astil estuvo a punto de perforar la coraza de la clériga. El metal detuvo la punta, pero la fuerza del impacto en la zona del hígado la dejó sin respiración, obligándola a doblarse sobre las rodillas mientras la sangre comenzaba a mancharle la túnica.

Aprovechando el flanco, Dorian y Iulia se arrojaron al combate con sus dagas, acuchillando a los asaltantes, mientras Duri les ganaba la espalda. El mayal bendito de Isabela se alzó una última vez en un arco corto y contundente, aplastando el cráneo del último orco herido. El silencio volvió a adueñarse de la galería. Agotada, la sacerdotisa apoyó la frente en el pomo de su arma e imploró una curación rápida para cerrar la brecha de su costado.

Velter regresó de la linde del abismo arrastrando los pies, magullado pero con la mirada fija en el suelo. Recuperó sus espadas, recogió las flechas orcas que habían quedado olvidadas en la piedra y, a petición de Dorian, junto a los demás, arrastraron los cadáveres de los caídos para arrojarlos al vacío, borrando el rastro de la escaramuza.


Una Guardia de Pesadilla


El descanso que siguió fue un simulacro. Sentados sobre la roca viva, masticaron las raciones secas en un ambiente espeso. Iulia, tras sacudir su bolsa, descubrió que se había quedado sin sustento. Apuró las últimas migas con desesperación y clavó sus ojos mudos en Isabela, una súplica silenciosa que prefirió no articular. La noche caía en el piso superior, pero allí abajo solo existía la humedad y el frío. Dorian y la mediana pasaron las horas moviéndose incómodos, incapaces de conciliar el sueño ante la certeza de que las paredes los vigilaban.

La última guardia le correspondió a Duri. El enano mantenía los ojos entornados, atento a las corrientes de aire, cuando el peligro materializó de la forma más inverosímil. Desde el vacío del pasadizo suroeste, una silueta orca se elevó en el aire en un salto vertical prodigioso, aterrizando de pie sobre la repisa. Abajo, en la penumbra del foso, sus congéneres habían entrelazado las manos para impulsarlo como una catapulta humana.

—¡A las armas! —bramó Duri, interponiéndose con el escudo.

El orco invasor soltó un alarido gutural, una llamada que buscaba eco en los túneles profundos. El grupo se incorporó en mitad del caos, aturdidos por el sueño interrumpido. Velter y Isabela se vieron obligados a presentar batalla en ropa de lona; las armaduras habían quedado apiladas junto a los jergones para permitir el descanso.

Cuatro orcos más coronaron la plataforma. Duri, Isabela y Velter formaron un semicírculo desesperado. Iulia, moviéndose con la ligereza de un espectro, se deslizó por el mismísimo borde del precipicio, fuera de la vista de los asaltantes, y hundió su hoja en la garganta de uno de ellos antes de volver a desaparecer en la oscuridad.

Sin el acero de su coraza, Isabela dependía únicamente de la madera de su escudo y la agilidad de su mayal. Las hachas orcas encontraron su carne en repetidas ocasiones, abriendo profundos cortes en espalda, brazos y abdomen. Por si la posición no fuera ya desesperada, un crujido de rocas resonó al norte de la caverna. "Más no, por favor", pensaron los compañeros al unísono.

Dos flechas silbaron desde la lejanía buscando el pecho de Velter. Los proyectiles erraron el tiro, pero pasaron tan cerca de Dorian que el mago tuvo que arrojarse al suelo para no terminar ensartado.

Velter, que ya sangraba por varios tajos dolorosos en los hombros, pecho y muslos, logró abatir a uno de sus oponentes con la espada corta, pero dos nuevos guerreros orcos se sumaron a su flanco aprovechando que combatía desprotegido. Al mismo tiempo, otro pielverde cargó contra Dorian. El mago retrocedió y rodó por el suelo polvoriento, buscando la sombra y las botas de Duri como único refugio contra la muerte.

En la retaguardia de la refriega, Iulia ayudaba a la clériga a encajar las piezas de su armadura a marchas forzadas, entre las correas ensangrentadas. El estrépito procedente del norte era cada vez más ensordecedor. La Infraoscuridad se les echaba encima, y los héroes sabían que el clan de la Calavera Sangrienta no enviaría una simple patrulla esta vez.