El Descenso Inaudito
Las escaleras talladas en las entrañas del mundo no daban la
bienvenida; eran una herida abierta en la piedra, negra y hambrienta. Los
aventureros iniciaron el descenso con la constante sospecha de que los
peldaños, toscos y desgastados por el paso de incontables pies involuntarios,
nunca llegarían a su fin. Sin embargo, la pendiente terminó por estabilizarse,
dando paso a una galería que se ensanchaba hacia una penumbra ligeramente
distinta. De las grietas de la roca comenzó a brotar una sutil alfombra de musgo
y setas luminiscentes. Aquel fulgor espectral, mortecino y de un azul
enfermizo, apenas alcanzaba a guiar los pasos de la vanguardia, pero en la
mente de todos flotó el mismo pensamiento: debió de ser el único y amargo
consuelo para los prisioneros que fueron arrastrados encadenados por este mismo
corredor hacia el olvido de las profundidades.
El grupo devoró el camino en silencio durante hora y media.
La humedad se les colaba bajo las ropas y el eco del goteo subterráneo
distorsionaba las distancias. Duri, cuya naturaleza enana le permitía leer la
piedra como un mapa abierto, examinó las vetas de mineral y las fracturas del
techo. Sopesó la inclinación y dedujo que se encontraban atrapados en el
angosto espacio que separaba las viejas explotaciones mineras de Cartman y
Garstone.
El pasadizo murió en una bifurcación que abría dos opciones:
el sur o el este. Mientras Isabela y Dorian buscaban un rincón defendible entre
los riscos para organizar un campamento y engañar al estómago con raciones
secas, Duri y Velter se deslizaron hacia el frente para asegurar el perímetro.
El Precio de un Descuido
Velter avanzó por una de las galerías laterales. El semielfo
aguzó el oído; el odio que profesaba hacia los orcos era una brújula biológica
que rara vez fallaba. No tardó en encontrar la confirmación: sobre una roca
plana yacían los restos mohosos de las hojas vegetales que aquellas criaturas
utilizaban para envolver sus raciones de carne rancia. Con el pulso acelerado,
el explorador continuó el rastro en diagonal descendente. Unos cincuenta metros
más adelante, agazapado tras un saliente, sus ojos divisaron las siluetas de
una patrulla enemiga. Cuatro orcos, fuertemente armados.
Velter inició el repliegue con cautela, pero la
Infraoscuridad castiga el menor error. Al retroceder, la bota del semielfo
golpeó una lasca de piedra suelta. El sonido del guijarro tintineando ladera
abajo resonó en la bóveda como un cañonazo.
Abajo, las siluetas se tensaron. El siseo de las flechas
cortando el aire no se hizo esperar. Velter corrió, zigzagueando entre los
pilares de piedra mientras los proyectiles repicaban a sus espaldas, y alcanzó
la posición de sus compañeros con el aviso de combate en los labios.
Los orcos no cargaron a ciegas; conocían el terreno.
Avanzaron utilizando los puntos ciegos y la cobertura natural que ofrecían las
columnas de la caverna, convirtiéndose en sombras esquivas. Los héroes
respondieron con fuego de cobertura, pero las distancias y la falta de luz
jugaban en su contra. Los virotes y las pocas flechas que quedaban se perdían
en la nada. En pocos minutos, la aljaba de Velter quedó vacía.
Isabela, alzando su símbolo sagrado, intentó canalizar el
poder de Saint Cuthbert para congelar las piernas del líder de la patrulla,
pero el orco apenas se expuso un pestañeo entre los pilares. La plegaria de la
clériga se disipó sin encontrar su objetivo.
El Vértice del Abismo
Velter, desenvainando el acero, se plantó en un cambio de
rasante del túnel, dispuesto a frenar la acometida. Pero el primer orco
apareció con una velocidad endiablada. Desprovisto de armas, el pielverde se
arrojó con el único propósito de usar el peso de su cuerpo. El impacto fue
brutal. El explorador perdió el equilibrio y cayó de espaldas hacia el vacío
que bordeaba el camino.
Dorian ahogó un grito, temiendo el eco del cuerpo de su
amigo rompiéndose contra el fondo, pero Velter, por puro instinto de
supervivencia, logró enganchar los dedos en una ranura de la roca a mitad de la
caída. Quedó colgado, balanceándose sobre la negrura, con los músculos al
límite del desgarro.
Al ver caer a su compañero, Duri entró en un estado de
trance guerrero. Con un rugido que acalló los gritos de los orcos, el enano
acortó la distancia y descargó su hacha en un arco descendente que partió al
agresor antes de que pudiera celebrar su victoria. Un segundo enemigo cargó de
inmediato contra Duri. Desde la retaguardia, Dorian intentó salvar la situación
disparando su ballesta, pero el virote se desvió y chocó con un metálico clank
contra la espaldera del enano. Duri giró la cabeza lo justo para clavarle al
mago una mirada cargada de promesas de violencia; no era la primera vez que la
puntería de Dorian casi le costaba la vida.
El orco trabado con el enano hundió las manos en su
armadura, empujándolo hacia el desfiladero. Duri, lejos de oponer resistencia,
aprovechó la inercia del enemigo. Flexionó las rodillas, se dejó caer sobre su
propia espalda y plantó la bota en el estómago del pielverde, proyectándolo por
encima de él en una maniobra limpia. El grito del orco se fue apagando a medida
que se hundía en el abismo.
La segunda línea se convirtió en un cuello de botella. Dos
orcos más emergieron de la pendiente y arremetieron contra Isabela. Uno de
ellos descargó su lanza con tal violencia que el astil estuvo a punto de
perforar la coraza de la clériga. El metal detuvo la punta, pero la fuerza del
impacto en la zona del hígado la dejó sin respiración, obligándola a doblarse
sobre las rodillas mientras la sangre comenzaba a mancharle la túnica.
Aprovechando el flanco, Dorian y Iulia se arrojaron al
combate con sus dagas, acuchillando a los asaltantes, mientras Duri les ganaba la
espalda. El mayal bendito de Isabela se alzó una última vez en un arco corto y
contundente, aplastando el cráneo del último orco herido. El silencio volvió a
adueñarse de la galería. Agotada, la sacerdotisa apoyó la frente en el pomo de
su arma e imploró una curación rápida para cerrar la brecha de su costado.
Velter regresó de la linde del abismo arrastrando los pies,
magullado pero con la mirada fija en el suelo. Recuperó sus espadas, recogió
las flechas orcas que habían quedado olvidadas en la piedra y, a petición de Dorian, junto a los demás,
arrastraron los cadáveres de los caídos para arrojarlos al vacío, borrando el
rastro de la escaramuza.
Una Guardia de Pesadilla
El descanso que siguió fue un simulacro. Sentados sobre la
roca viva, masticaron las raciones secas en un ambiente espeso. Iulia, tras
sacudir su bolsa, descubrió que se había quedado sin sustento. Apuró las
últimas migas con desesperación y clavó sus ojos mudos en Isabela, una súplica
silenciosa que prefirió no articular. La noche caía en el piso superior, pero
allí abajo solo existía la humedad y el frío. Dorian y la mediana pasaron las
horas moviéndose incómodos, incapaces de conciliar el sueño ante la certeza de
que las paredes los vigilaban.
La última guardia le correspondió a Duri. El enano mantenía
los ojos entornados, atento a las corrientes de aire, cuando el peligro
materializó de la forma más inverosímil. Desde el vacío del pasadizo suroeste,
una silueta orca se elevó en el aire en un salto vertical prodigioso,
aterrizando de pie sobre la repisa. Abajo, en la penumbra del foso, sus
congéneres habían entrelazado las manos para impulsarlo como una catapulta
humana.
—¡A las armas! —bramó Duri, interponiéndose con el escudo.
El orco invasor soltó un alarido gutural, una llamada que
buscaba eco en los túneles profundos. El grupo se incorporó en mitad del caos,
aturdidos por el sueño interrumpido. Velter y Isabela se vieron obligados a
presentar batalla en ropa de lona; las armaduras habían quedado apiladas junto
a los jergones para permitir el descanso.
Cuatro orcos más coronaron la plataforma. Duri, Isabela y
Velter formaron un semicírculo desesperado. Iulia, moviéndose con la ligereza
de un espectro, se deslizó por el mismísimo borde del precipicio, fuera de la
vista de los asaltantes, y hundió su hoja en la garganta de uno de ellos antes
de volver a desaparecer en la oscuridad.
Sin el acero de su coraza, Isabela dependía únicamente de la
madera de su escudo y la agilidad de su mayal. Las hachas orcas encontraron su
carne en repetidas ocasiones, abriendo profundos cortes en espalda, brazos y abdomen. Por si
la posición no fuera ya desesperada, un crujido de rocas resonó al norte de la
caverna. "Más no, por favor", pensaron los compañeros al unísono.
Dos flechas silbaron desde la lejanía buscando el pecho de
Velter. Los proyectiles erraron el tiro, pero pasaron tan cerca de Dorian que
el mago tuvo que arrojarse al suelo para no terminar ensartado.
Velter, que ya sangraba por varios tajos dolorosos en los
hombros, pecho y muslos, logró abatir a uno de sus oponentes con la espada corta, pero dos
nuevos guerreros orcos se sumaron a su flanco aprovechando que combatía
desprotegido. Al mismo tiempo, otro pielverde cargó contra Dorian. El mago retrocedió y rodó
por el suelo polvoriento, buscando la sombra y las botas de Duri como único
refugio contra la muerte.
En la retaguardia de la refriega, Iulia ayudaba a la clériga a encajar las piezas de su armadura a marchas forzadas, entre las correas ensangrentadas. El estrépito procedente del norte era cada vez más ensordecedor. La Infraoscuridad se les echaba encima, y los héroes sabían que el clan de la Calavera Sangrienta no enviaría una simple patrulla esta vez.




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Epicidad ON
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